Ofrecer cariño, serenidad y respeto en cada instante, creando un entorno de paz donde prevalezca la dignidad y el bienestar.

María Seuma.
Gerente Sociosanitaria de Fundación Summa Humanitate

Todos participamos del avance de la vida, poco a poco, pero irremediablemente. En nuestras enfermerías, eso se percibe con más intensidad. La vida va perdiendo fuerza, que no intensidad ni sentido y hemos de ir adaptando el cuidado a las diferentes necesidades que se van presentando. Siempre respetando el ritmo, la naturaleza, la voluntad antes conocida, de las personas a las que cuidamos, sin imponer, discreta y delicadamente.

Llega un momento de máxima fragilidad, en la que el cuerpo ya no es capaz de responder y, aun en ese momento, requiere ser escuchado, comprendido, respetado. Especialmente en ese momento, diría.

Cuidado sensible

Es ahí cuando debemos ir acomodando las dinámicas, la alimentación, la movilización, cuando la persona cuidada ya no puede seguir los ritmos establecidos, sino que somos nosotros los que nos adaptamos al suyo. El cuerpo se va haciendo más frágil, pero se sigue comunicando, como bien expresa Margarita Saldaña.

En este proceso, cuando la conciencia y la voluntad se van apagando, entran en juego especialmente los sentidos: el gusto, para disfrutar especialmente con un dulce; el tacto, para acompañarles cogidos de la mano, o con alguna caricia; el oído, para ofrecerles palabras sencillas, amables, que supongan cercanía, calma; alguna canción que les conecte con su vida, alguna música suave que les acompañe a ratitos… Si es posible, agradecer la vida, su vida. Acompañar, no imponer. La complicidad en la ayuda a morir, dice Victoria Camps, es el único antídoto a la soledad de ese momento.

Dignidad final

No es fácil, porque entendemos que hay que vivir, por encima de todo; ni resulta fácil respetar. Nos cuesta, por ejemplo, que rechace comer. La comida sostiene la vida y nos parece que así, alimentando, luchamos contra la muerte; pero lo que ocurre es que, a medida que el cuerpo va perdiendo fuerzas, no necesita lo mismo. Incluso podemos decir que su último “derecho” silencioso es rechazar esa comida, como forma de pacificarse, de prepararse. No dejamos de intentarlo, pero no dejemos, tampoco, de respetarlo.

La comunicación con las personas al final de sus vidas también debe ir adaptándose. Van fallando las palabras, pero pueden expresarse con gestos, con miradas a las que debemos estar atentas. Seamos delicadas en el contacto, en el tono de voz, a la hora de movilizarles.

Espacios cuidados

Buscar espacios cuidados: en su iluminación, procurar su comodidad, preparar ambientes tranquilos (ya no podrán estar, por ejemplo, en la sala de Comunidad, o en la TV), quizás al final no podamos levantarles de la cama o pasarán ratitos en una cómoda butaca. Consideremos también que quizás quiera despedirse de su familia, de otras personas cercanas, amigas, de las cuidadoras…

El cuerpo es, en este momento, si cabe, más que nunca, espacio sagrado y nosotros podemos acompañar, estar, ser cauce del amor de Dios a esa persona que se va despidiendo de lo que ha sido su vida, de su quehacer, de aquello que ha amado, de lo que ha construido, de sus miedos y de su dolor. Todo eso sucede en este proceso vital que se termina. Todo esto y nada menos, en el final de cada vida, en su habitación, en su cama.

Como escriben Cano y Lobo, procuremos “hacer del hospital -enfermería, en nuestro caso-, nuestra capilla, de la habitación un sagrario y de la cama, un altar”.


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