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El amor de Cristo ha reunido a un gran número de discípulos para llegar a ser una sola cosa, a fin de que en el Espíritu, como Él y gracias a Él, pudieran responder al amor del Padre, a lo largo de los siglos, amándolo. 

¡Qué reto tan hermoso es construir una comunidad verdaderamente fundamentada en criterios evangélicos, que reflejen una vida auténticamente fraterna, humilde, sencilla y libre, al estilo de la familia de Nazareth. Y al mismo tiempo, acogiendo la realidad de nuestra miseria y de nuestras limitaciones, que es normal que estén presentes, pero con la ayuda amorosa de las demás, vamos haciendo verdad en nuestra vida, y nos ayudamos a crecer juntas, como verdaderas hermanas, ¡poniendo nuestra mirada en el Cielo! 

Se crece en vida fraterna:

1. Sabiéndonos que todas hemos sido llamadas por Dios a una vocación sublime: la de estar con Él y permanecer en Él para siempre. Nosotras no nos hemos elegido, sino que hemos sido convocadas por Él, para vivir juntas en comunidad en la vida religiosa. 

2. Y de este sentirnos llamadas y convocadas, nace el deseo y la necesidad profunda de amar y ser amadas. Cada hermana de comunidad es un regalo, un don gratuito que Dios me da, para conocerla, amarla y ayudarle a que pueda desplegarse en toda su plenitud, como mujer entregada a Dios. 

3. Orando juntas en comunidad, descubriendo la Palabra de Dios, y preguntándonos, ¿qué me quiere o nos quiere decir en nuestra vida personal y comunitaria? 

4. Compartiendo con apertura y confianza lo que lleva cada una en su corazón: sus alegrías y también sus luchas, escuchando atentamente a la hermana que nos habla, acogiendo lo que nos dice como algo propio y llevándonos una pregunta: ¿qué puedo hacer yo hoy por esta hermana que vive conmigo? “Llevad los unos las cargas de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo”. (Gál. 6,2). 

5. Viviendo la vida ordinaria de cada día, trabajando juntas en las tareas de la casa, como lo hacía Cristo con sus apóstoles. 

6. Trabajando juntas apostólicamente. Las comunidades religiosas más apostólicas y más vivas evangélicamente, son las que poseen una rica experiencia de oración. Lo que se ha experimentado en la oración, se lleva luego a la propia vida, y la gracia de Dios se extiende a todas las necesidades del mundo entero. 

De este modo, la comunidad se convierte en una “Schola Amoris” (escuela de amor), una escuela donde se aprende a amar a Dios y a las hermanas con quienes se vive, y a amar a la humanidad necesitada de la misericordia de Dios y de la solidaridad fraterna.