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¿Quién dice que la vida es fácil? Son muchas las situaciones que nos resultan difíciles a lo largo de la vida, bien porque nos parece que ya no somos lo que éramos o no nos consideran como antes, bien porque implican renuncias o desapegos, bien porque nos enfrentan al miedo o la incertidumbre, bien porque van acompañadas de conflictos continuos o de mucho sufrimiento… 

Son situaciones que suponen un cambio significativo en nuestras vidas: La muerte de un ser muy querido, el deterioro y la enfermedad (propio o ajeno), cuando me mandan a la enfermería de mayores, o me toca cambiar de ciudad para apoyar a una comunidad, o nos eligen para asumir una responsabilidad que pensamos que nos supera o que simplemente no deseamos, o nos toca dejar el cargo que ostentábamos y a partir de ahora serán otros los que decidirán sobre el futuro de la congregación, las obras y las casas, o tengo que volver a España después de muchos años en la misión, o simplemente ya no me consultan, ya no tengo el control de la situación, ya no puedo… 

¿Cómo gestionar estos cambios sin desintegrarnos?, ¿cómo deberíamos vivirlos y no simplemente sobrevivirlos?, ¿cómo salir al encuentro de mis hermanos, de mis hermanas?, ¿cómo pedir ayuda?, ¿por dónde empezar? 

Como sabéis, todas las experiencias en la vida, incluso aquellas que parece que no tienen nada bueno, traen un regalo: un aprendizaje, un motivo para el cambio en beneficio propio y/o en beneficio de la comunidad, un motivo para vivir agradecido, una nueva oportunidad, la posibilidad de un paso más para crecer como persona o para avanzar en el camino hacia la santidad… lo que ocurre es que muchas veces o no lo buscamos en la dirección adecuada o ni siquiera lo buscamos. 

El autoconocimiento y tomar plena conciencia de la nueva situación son dos factores necesarios y previos para poder llevar el timón de la situación –o confiarlo en buenas manos– y dirigirnos a buen puerto, pero además de eso, es fundamental nuestra actitud.  

Con frecuencia centramos nuestra mente en lo que no tenemos en vez de disfrutar todo lo que sí tenemos, en lo que no podemos frente a todo lo que somos capaces de hacer, en lo que ya no somos olvidando todo lo que sí somos y podemos llegar a ser.  

La actitud es fundamental en cualquier situación, incluso en situaciones dramáticas. Somos nosotros mismos quienes elegimos cómo gestionar lo que sentimos, sentimos lo que sentimos, pero podemos intervenir en el “hacia dónde nos lleva lo que sentimos”, en lo que tenemos que soltar, en lo que podemos aprender y lo que tenemos que afianzar.

Pero, ¿cómo forjar esta actitud?, hay personas para las que lo natural es ver el vaso medio lleno, ¿qué puedo hacer cuando lo frecuente, o en determinadas situaciones, es que vea el vaso medio vacío? 

Puede ayudarnos recordar que el pensamiento humano muchas veces se reduce a una serie de conversaciones privadas y preguntas; las preguntas generan respuestas y las respuestas producen sentimientos, afectos. Por ello, si nos sentimos infelices o deprimidos, lo que puede ocurrir –y generalmente ocurre- es que nos estamos haciendo los planteamientos, las interpretaciones y/o las preguntas equivocadas. El poder de la mente es incontestable, y si yo sólo busco lo peor, entonces sólo encuentro lo peor, y viceversa

Así, ante una situación de cambio no buscado o no deseado, hemos de promover en nosotros o en las personas que acompañamos preguntas que nos lleven a buscar lo positivo, que promuevan la esperanza, que actúen como resorte para generar el cambio en nosotros que necesitamos, que nos conecten con la vida, que nos lleven al “para qué aprovechable”. 

Adam J. Jackson, un profesional inglés de la medicina natural y terapias alternativas, recomienda hacerse tres preguntas para afianzar una actitud positiva y agradecida ante la vida y las circunstancias que nos toca vivir: 

¿Qué tiene de bueno esta situación?; y si a priori no se ve nada, ¿qué podría tener de bueno esta situación? Esta pregunta sustituye a otras debilitantes que no nos llevan a ningún lado: ¿por qué me ha tenido que pasar esto a mí?, o ¿qué va ser de mí/ qué voy a hacer ahora?… 

¿Qué es lo que todavía es mejorable o puede ser “perfecto”? Esta pregunta presupone que las cosas pueden mejorar o incluyo llegar a satisfacernos plenamente. 

¿Qué puedo hacer para que las cosas sean como yo quiero que sean, disfrutando del camino? O, dependiendo de la situación, ¿qué puedo hacer para aceptar las circunstancias que me han sobrevenido y encaminarme al nuevo escenario que se me presenta?, ¿qué está en mi mano para remediar la situación que se ha provocado? Y cuando directamente no podemos hacer nada, siempre podemos disponernos a aceptar nuestra pequeñez y disponernos a recibir la inspiración/ayuda del Espíritu Santo o del hermano que tenemos al lado. 

Os propongo hacer este ejercicio con las situaciones que se nos enquistan, que más nos cuestan. Aunque reconozco que es más fácil decirlo que llevarlo a la práctica y que hay circunstancias y circunstancias, pero lo que es incuestionable es que siempre podemos encontrar motivos para el agradecimiento

Como dice Adam Jackson y otros muchos con otras palabras, “la actitud es el pincel con el que la mente colorea nuestra vida y somos nosotros quienes elegimos los colores”. 

Antes de terminar os dejo con una frase que me encanta del Papa Francisco y dice así: “Conserva la esperanza, déjate sorprender por Dios y vive con alegría”.