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Sé valiente. Atrévete a perdonarte de verdad. Pide ayuda cuando la necesites y no te autojuzgues con tanta severidad.

Por José Ramón López
Director Operativo de la Fundación Summa Humanitate.

Decimos en nuestros encuentros de formación que la única forma de poder comunicarnos bien con los demás es aceptándonos a nosotros mismos, queriéndonos y perdonándonos. Si no damos este paso es complejo tener una comunicación verdadera con los demás, y más aún en nuestras comunidades de vida donde la comunicación verbal y la no verbal está a la orden del día y juegan un papel fundamental en nuestras relaciones. Conseguir esto, es decir, el aprender a perdonarnos y querernos como somos, no siempre es fácil y se convierte en un reto de vida que, en ocasiones, requiere la intervención de un especialista que nos ayude en esa labor.

Hay mucha gente que está en guerra consigo misma sin saberlo, pero suele externalizarlo a modo de agresividad, intransigencia, falta de entusiasmo, silencios aterradores, vocabulario grosero, indiferencia, insultos, nula empatía… Cuando esto sucede es habitual echar balones fuera, culpabilizar a los demás por lo malos que son y cómo me hacen sentir. No va a la raíz del problema ni intenta bucear en uno mismo al preguntarse: ¿Qué me está pasando? ¿Por qué reacciono así? ¿Cuál es el detonante de este comportamiento que tengo?

Ir a la raíz

El autoperdonarnos es un proceso complejo porque toca el miedo más fuerte, el fundamental, el de ir al fondo de nosotros mismos, a nuestra verdad más verdadera, a lo que nos duele recordar o reconocer. Requiere exponernos y querer pasar por un duelo que a veces conlleva la destrucción de la imagen que de ti mismo te has creado en tu comunidad, en tu familia, con tus amigos. Requiere también un ejercicio fuerte de humildad, de abajamiento y creerme que puedo ser curado, que realmente he sido perdonado desde mi creación, como nos dice Luis Zabalegui en su recomendable libro ¿Por qué me culpabilizo tanto?

La culpa

Sabemos que la culpa se alimenta de la herida y se retroalimenta de la compulsión. Os pongo un ejemplo que nos puede sonar a todos. Se nos presenta en la Comunidad una hermana profundamente herida porque “no me reconocieron como yo esperaba”. Esa herida provoca el gran susto a la condena, yo actúo con miedo a la condena (que no se me valore, que se me infravalore, que no se me reconozca como valiosa, que el puesto que me han ofrecido no es de tanta importancia como el que tenía…). Y mi manera de actuar (dando demasiadas explicaciones, justificándome, criticando la decisión de otros, etc.) me lleva a que la gente me condene: me vuelvo tan tajante que la gente me censura, entonces me culpabilizo también porque permití que me hirieran y hago que mi temor se cumpla.

La culpa está vinculada con la herida y puede tener dos vertientes:

La culpa malsana, o lo que es lo mismo, el famoso remordimiento (morderme a mí mismo). ¿De dónde brotan nuestros remordimientos? De las heridas no trabajadas, o mal curadas, de una autoexigencia mal entendida y de una visión teológica errónea. Estas heridas hacen que surjan miedos y con los miedos quedamos expuestos en función del listón ético, religioso, etc. que nos hayamos puesto (o nos hayan impuesto) en la vida. Aquí hay expresiones típicas: “he vuelto a caer en lo mismo”; “no tengo remedio”; “nunca cambiaré a pesar de que me esfuerzo”; o “qué mal quedé”; “qué van a pensar de mí…”

Ojo, porque la culpa malsana también puede generarse por donde se fue herido (a), por eso se presenta la sensación de “infierno” que lleva incluso a decirnos “Dios es el que no me perdona”.

La culpa sana, o lo que es lo mismo, el arrepentimiento. Provoca en nosotros la responsabilidad por haber herido a otro(s), me hace sentirme responsable de hechos que he realizado. La culpa sana no es tanto por qué me hirieron sino por qué hiero, la culpa sana nace y brota de la responsabilidad. Lo que dice si es o no culpa es la conciencia, un proceso serio de crecimiento y conocimiento que implica un proceso de conciencia bien formada en la que tenemos que trabajar y de la que no tenemos que dudar.

Gestionar el autoperdón

Sea como fuere, no es sencillo gestionar nuestro propio autoperdón. El primer intento es con nosotros mismos y desde la más profunda sinceridad interior, aquí la pregunta es: ¿Puedo perdonarme a mí mismo, de verdad, en lo más profundo? ¿Sé darme segundas oportunidades?

El siguiente paso es reconocer que si no puedo solo, necesito ayuda. Discernir qué tipo de ayuda tampoco es fácil de determinar. Hay personas que consideran que con pasar por el confesionario es suficiente. Creo, humildemente, que el confesionario y el perdón de Dios es curativo cuando he dado el primer paso de reconocerme limitado y sé pedirme perdón a mí mismo y a los demás por lo que he hecho, dicho o por mis omisiones.

A veces se ocultan en los confesionarios problemas que no pueden ser resueltos ahí, sino que son más propicios para la intervención de un profesional de la salud que nos ayude en ello. Como no me atrevo a ir a un psicólogo a contar determinadas cosas relacionadas con mi “yo” interior, voy buscando remedio en el sacerdote, al que además transmito un mensaje sesgado, sin más explicaciones ni preguntas incómodas, y cuando vuelvo a mi hogar interior, en la intimidad de mis pensamientos y mi vida, me doy cuenta que no me he curado y que sigo dándole vueltas a esa culpa que no soy capaz de quitarme de encima.

Sé valiente

Este artículo es una invitación a la valentía. Sé valiente. Atrévete a perdonarte de verdad. Pide ayuda cuando la necesites y no te autojuzgues con tanta severidad. Hayas hecho lo que hayas hecho en la vida, desde luego que tenemos el mayor garante de perdón en nuestro Buen Dios. Además, cuando tu conciencia no está curada y te sigue martilleando, Dios mismo, por medio de ella, te estará diciendo que acudas a un profesional que te ayude a ser curada realmente y a vivir tu vida con más plenitud. Él ya te ha perdonado, aunque tú sigas sin perdonarte a ti mismo.