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Vamos avanzando en años de vida, que son años de experiencias y de sabiduría, pero este avance vital arrastra manías, costumbres, obsesiones, o planteamientos anquilosados. Nos cuesta cambiar porque ya nos faltan fuerzas para intentarlo o para esforzarnos en hacerlo, porque ya perdemos ilusiones o, simplemente porque pensamos que no lo podremos conseguir.

 

No es complicado detectar cómo los años son para unos una pesada losa que llevan a cuestas desde que son bien jóvenes, y para otros sigue siendo una oportunidad que la Vida les ha dado para seguir dando lo mejor de ellos mismos. Es así como nos encontramos a viejos de 40 años y jóvenes de 90. Unos arrastrando la vida y otros dando saltos por encima de ella. Esta reflexión nos aporta una primera clave importante: que uno es tan viejo como decide serlo y que la vejez (en la terminología más negativa) no tiene que ver tanto con la edad, sino con la predisposición vital al paso de los años.

 

Una mirada con ilusión ante el camino que queda por recorrer hace que no escurramos el bulto ni nos celemos por la situación de otros, que mayores que nosotros, se encuentran en mejor estado.

 

Son tentaciones que a veces nos abordan: la tentación de pensar que la vida de la Comunidad, de la Congregación, de la Iglesia o el mundo en la que nos toca vivir, ya no tienen que ver conmigo, parece que ya no tengo ninguna responsabilidad en ello ni como religioso ni como ciudadano.

 

A veces nos inclinamos a pensar: “que tiren otros que yo ya he tirado bastante”, “que las que vienen detrás se comprometan, a mí ahora que me dejen descansar”, “esto no va conmigo”, “no son decisiones que yo ya tenga que tomar, por lo tanto no opino…”, o lo que es peor, “como a mí me han quitado responsabilidades de gobierno ya no opino de esto o de lo otro”…, y además suelen ser pensamientos envueltos en dolor y pataleta ante esa responsabilidad que ya no tengo y, que en el fondo, sigo añorando tener.

 

En otras ocasiones la tentación viene envuelta en celos, o contradicciones: “¡cómo es posible que esta hermana esté mejor que yo cuando tiene 10 años más!”, “mírala como se mueve…” Parece que, por tener más años, su situación personal debe ser peor a la mía. Quizás son cosas que uno no verbaliza, pero que las piensa y vive internamente y no, precisamente, de forma sanadora, sino patológica.

 

Otra tentación, quizás relacionada con esta última, es la de mendigar cariño, aprecio, poder. Lo veremos más adelante, pero es una tentación muy arraigada en muchas comunidades. Religiosos/as que no quieren dejar de hacer lo que vienen realizando desde hace “x” años, u otros que “lloran constantemente” para que le hagan caso, o estén preguntando cómo estás, qué necesitas, por qué te encuentras así. En el fondo es un infantilismo egolatrizado donde lo único que importa soy yo.

 

Estas tentaciones, arraigadas e incrustadas en nuestras estructuras, como el tuétano al hueso, no dejan que nuestras comunidades crezcan, y que las relaciones internas y externas sean sanas y constructivas.