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… y aspectos que influyen en la forma de envejecer

Hemos estado viendo cómo nuestros días, pueden ser una buena oportunidad para saborear lo pequeño del día a día, mucho de lo cual está rodeándonos. Cada día debemos aprender a envejecer sin relegarlo para cuando los hechos ya estén encima de nosotros y sean irreversibles o inevitables.

Cada uno de ustedes puede mirar a su alrededor, a su comunidad, unidad pastoral, espacio de convivencia. Ven como hay algunos que envejecen a despecho y con amargura; hay quienes envejecen con nostalgia y depresivos; los hay quienes envejecen con serenidad y esperanza. Es decir, hay distintos modos de envejecer.

Elegir cómo envejecer

Es una opción vital elegir cómo envejecer al igual que uno opta cómo vivir el resto de la vida. No vale de nada echar balones fuera, pensar que estoy así o asá debido a factores externos que nada tienen que ver conmigo. Es así como muchos se autojustifican diciendo que la culpa de su malestar o incomodidad, o falta de aceptación, es de la comunidad en donde vive, de lo negativas que son las personas que lo rodean y de que no tiene nada que hacer (sumen aquí factores culpabilizadores).

¿De qué depende, pues, nuestro envejecimiento? ¿Qué factores están detrás del mismo? ¿Qué lo condiciona nuestra manera de envejecer? Es necesario analizarlo.

Condicionantes del envejecimiento

Para ello no me fijaré en las opiniones de algunos geriatras que hablan de tres tipos de envejecimiento: normal, patológico y óptimo. Quizás en otro momento fuese interesante verlo. En esta ocasión nos pararemos en aspectos que creemos que pueden condicionar nuestro envejecimiento desde una perspectiva religiosa, que es el ámbito para quien está pensadas estas letras.

1. La salud

El primer aspecto condicionante, y quizás el más claro, es el de la salud. Los determinantes de salud son centrales en el estudio del mayor. Desde la sociología, la salud es una construcción social. La salud o la enfermedad depende de condicionantes históricos, sociales en la que se encuentren los individuos.

La enfermedad suele limitar nuestra actividad en comunidad y las labores de evangelización más comunes. Afecta asimismo el ánimo y la actitud frente al futuro, a veces en demasía. Sin embargo, este no es un factor necesariamente negativo.

En la enfermedad podemos aprender lecciones de vida y de fe. Podemos descubrir la paciencia, la humildad, la gratitud o el valor de la unión con el dolor de Cristo.

Está en nosotros el querer ver el lado “positivo” de la enfermedad y la limitación y el convertirlo en elemento de evangelización para los otros: otros hermanos/as de comunidad, trabajadores de nuestro Centro, nuestro entorno social.

2. Actividad apostólica

Otro aspecto limitante es la forma de asumir la propia actividad apostólica. Si para ti, lector/a de estas palabras, el envejecer significa poco menos que unajubilación de todo”, va a ser casi inevitable que sienta que su edad simplemente le está excluyendo, que es un factor condicionante (permítanme la expresión) para seguir viviendo la vida con la misma dignidad que hasta ahora, que estaba en pleno apogeo y responsabilidad pastoral, educativa, sanitaria, social…

Ojo, porque es complejo realizar una labor sin de alguna manera adueñarse de lo que se hace, provocando que cuando alguien asume la actividad que yo hice hasta el momento y a lo largo de años y años, se critique, en el mejor de los casos desde mi propio interior, esa actividad realizada ahora por otro, pensando que “esto ya no es lo que era” o “no se va a hacer igual de ninguna manera”, o “vaya desastre que nos espera”.

Es aquí cuando entra en juego la añoranza del pasado que ya no está y que además no volverá. Son nuestros pequeños “taburetes” (A. Chércoles), que nos encumbran aun en las tareas más pequeñas.

3. Inmovilismo

El tercer elemento condicionante y limitante para aprender a envejecer correctamente es el del inmovilismo. Lo quiero abordar aquí, justo después de la asunción de la actividad apostólica, porque lo veo ligado a ella. ¿A qué me refiero? Cuando un consagrado lleva mucho tiempo en el mismo sitio va creyendo que tienen en la práctica mejor conocimiento de qué se puede y qué no se puede.

De ahí sólo hay un paso a poner en funcionamiento ese derecho, presionando de diversos modos para que las cosas se hagan “como siempre se han hecho”. Ahora bien, esto no significa que la movilidad, cuando es sinónimo de inestabilidad o de vida conflictiva, vaya a producir mágicamente una vejez apacible y fecunda, a veces es todo lo contrario.

4. Vida intelectual

Un cuarto elemento a tener en cuenta al analizar la forma de envejecer es el tipo de vida intelectual. En otras páginas hablábamos de la necesidad de cultivarnos en aras a poder comunicarnos mejor y enriquecernos para poder iluminar ámbitos, momentos, situaciones…

En aquellas vocaciones que lamentablemente carecen de hábitos de lectura y de estudio, las ideas se anquilosan y pronto se ve todo cambio como una amenaza, hasta el más sencillo. Esto va ligado también a personas que son excesivamente rigurosas con todos, “tiquismiquis hasta el extremo” y donde les gusta tener controlado hasta el más mínimo detalle. También a ellas, cualquier cambio, aunque mínimo, se presenta como seria amenaza que puede romper ese control enfermizo.

Inevitablemente esta actitud fixista puede engendrar su opuesto, es decir, la pasión de “el cambio por el cambio”. Si las cosas llegan a ese punto, tendrás una comunidad en problemas, y a gran escala, una Congregación con más problemas todavía.

5. Actitud

Por último, vamos a hablar de otro elemento condicionante. Se trata de la actitud que se tiene frente a las propias crisis. Todos las tenemos a lo largo de la vida.

La pregunta es: ¿qué hacemos con lo que nos va pasando y marcando a lo largo de la vida?

He visto que es fácil sanar “en falso” nuestras crisis; y el hecho es que, como ya se dice por ahí, “la vida pasa factura”. Esa cuenta pendiente, esa factura de lo que no hemos sanado, del perdón que no hemos pedido o recibido, del resentimiento que se volvió viejo en el corazón, todo ello plaga de arrugas el alma antes que el rostro.

Por el contrario, cuando hemos avanzado, con la ayuda de Dios y de los hermanos, en la sanación de todas esas etapas opacas, es indudablemente más probable que la vejez tenga un sentido distinto y claramente positivo.

 

Por José Ramón López Oroza
Director de operaciones la Fundación Summa Humanitate