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Muchas veces ni siquiera somos conscientes de las heridas que cargamos ni tampoco del peso que tienen en nuestra vida o en la vida de las personas que nos rodean.

Por María Eugenia Aguado
Directora del Instituto Humanitate

El pasado 23 de marzo pudimos compartir un taller que llevaba por título “Sugerencias para sanar nuestras heridas”

Tarde o temprano todos nos vemos afectados por las heridas más profundas, las que nos causan otros y las que nosotros mismos causamos a los demás, y esto es así en las relaciones humanas desde que el mundo es mundo, pues no hay familia perfecta, comunidad perfecta o congregación perfecta.

Estamos ante una realidad humana, universal y de permanente actualidad que conviene revisar de vez en cuando, tanto para cuidar la propia vida como para poder acompañar a otros adecuadamente. Muchas veces ni siquiera somos conscientes de las heridas que cargamos ni tampoco del peso que tienen en nuestra vida o en la vida de las personas que nos rodean, pero experimentamos resentimiento, vacío existencial, una tristeza profunda, vivimos con el corazón endurecido, inmersos en una mediocridad consentida o incluso en medio de un profundo egoísmo.

¿Conozco mis heridas?

¿Qué heridas son o han sido significativas en mi vida?, ¿las conozco, soy consciente de cómo las afronto y hacia dónde me llevan?, ¿me ayudan a crecer en humildad, madurez, fortaleza y misericordia o, por el contrario, me conducen a una dinámica de resentimiento, rabia y amargura? (…)

La forma en que vivimos estas realidades –llamémoslas heridas, enfermedades, carencias o pérdidas –  depende mucho de cómo es cada persona, de las circunstancias que la envuelven y el modo en que se han generado; pero en cualquier caso, cuando hacemos referencia a aquellas que son más profundas y nos acompañan a lo largo de la vida, la sanación interior es de vital importancia porque afectan enormemente a nuestra relación con Dios, con el prójimo y con uno mismo.

Muchas veces pensamos que, si nos tapamos los ojos y levantamos muros, las heridas van a desaparecer o por lo menos no nos van a condicionar, pero estamos en un error porque siempre nos alcanzan e incluso en algunos casos nos gobiernan. Cuánto dolor reprimido hay con frecuencia en las heridas más antiguas que nos marcaron, las que se han producido en situaciones de desigualdad y que nos han arrebatado injustamente muchas cosas valiosas, las que han tenido lugar con mucha violencia o agresividad, las que han impactado con fuerza en nuestra inteligencia, voluntad o memoria, las que han tenido consecuencias graves y prolongadas…  Todas ellas, por mucho que las sepultemos o evitemos siguen sangrando, siguen generando cicatrices, nos producen muchas limitaciones y además muchas veces se infectan invadiendo toda la vida.

Los sótanos de nuestra vida

No dejemos que estas heridas nos encarcelen o nos definan. Como aconsejaba Santa Catalina de Siena, siempre que bajemos a los sótanos de nuestra vida, hagámoslo acompañados de nuestro Señor Jesucristo, pues no nos podemos fiar únicamente de nuestra inteligencia. No olvidemos que cuando Dios nos muestra una herida es para sanarla, aunque muchas veces su respuesta no coincida con nuestros deseos.

Abramos nuestro corazón al Señor para que nos sane con su Amor infinito y misericordioso,  para que no nos falte la alegría, la paz, la fecundidad, la capacidad de levantarnos y de mirar hacia el futuro con esperanza.