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El desarrollo económico hasta el día de hoy como lo conocemos ha conllevado millones de cosas buenas, ha reducido desigualdades, ha reducido la pobreza, ha enarbolado la bandera de los Derechos Humanos, protegido a la mujer y un largo etcétera.

Pero tiene algo peligroso, que quizá es difícil percibirlo en un mundo lleno de activismo y de ruido y que nos puede llevar a lo que estamos viendo ahora en los países que llamamos «desarrollados». 

A medida que el hombre se siente más seguro por todas las cosas, seguridad en gran parte derivada de una buena situación económica y de tener las necesidades básicas solucionadas, empieza a necesitar menos a las personas; para ello no hay más que fijarse en la cantidad de gente que vive sola en determinados países centroeuropeos y grandes ciudades norteamericanas. Este mismo año, incluso en los paseos marítimos de los pueblos españoles del norte, era triste ver la cantidad de matrimonios, parejas jóvenes paseando con su mascota, ya no a niños… se empieza a necesitar menos de la familia en su sentido más amplio, abuelos, tíos… como en otros tiempos. Es muy poco el tiempo que necesita la persona para acostumbrarse a él y por tanto a molestarle los demás, incluso los más cercanos.

Y, por su puesto, el hombre inmerso en este mundo cree no necesitar a Dios.

Y empieza poco a poco a erigirse indeciso sobre lo que está bien y lo que está mal. Se empieza poco a poco —incluso hasta los católicos más convencidos—, a pensar que hay Verdades de Dios que ya no encajan tanto, que son de otra época, no del mundo que conocemos hoy, y lo revisten de tolerancia. 

Esas Verdades de Dios, ahora son muy incómodas de defender en público, se quedan para uno solo, para muy pocos existen Valores Absolutos, éstos ya los decide el hombre.

El desarrollo económico trae consigo el peligro de pensar que el dinero lo puede todo. «La tentación de que se puede comprar todo» es grande. Si me pongo enfermo puedo ir al médico, puedo casi elegir a la persona que yo quiero, a los amigos, con quién relacionarme, yo elijo y no necesito a nadie. 

La Covid-19 destapa esta mentira. Todo el desarrollo económico, todos los medios y todas las «inteligencias» del mundo no pueden solucionar esto por el momento. Es una amenaza para todos.

Hace mucho que el hombre del mundo desarrollado piensa que tiene la supervivencia asegurada —como decía un sociólogo—, y de repente empieza a ver que que es débil, frágil, que puede morir a cualquier edad, y a lo mejor, ¡ojalá! vuelve a mirar a Dios para rezar, pedirle ayuda y para intentar entender lo que ahora se da cuenta no puede contestar este mundo creado por él. Y quizá la ciencia le explicará algunas cosas, pero jamás la ciencia podrá dar un sentido a las mismas.

El hombre se erige en Dios en este mundo y acaba por decidir quién vive y quién muere, ¿no es acaso esto lo que vivimos en este preciso instante?, ¿qué ha pasado con la teoría de que un mayor desarrollo conlleva una vida mejor para el hombre?

El mundo desarrollado, si no está firmemente unido a la trascendencia, está abocado a la destrucción. Sin esa unión el hombre con todas las necesidades cubiertasse queda sin un sentido para vivir. ¿Cómo entender, si no, la elevada tasa de suicidios en países con las rentas per cápita más altas del mundo? Y, ¿se podría hacer algo para revertir esta situación?, ¿podemos hacer algo? ¿puedo yo hacer algo?

Santa Teresa de Jesús, después de casí 20 años de vida religiosa, al ver ese «Cristo tan llagado» se levantó y vió la necesidad de volver al origen de la Regla del Carmelo, a la verdadera austeridad, pobreza y oración.

Este episodio siempre me hizo meditar, pero ahora en la situación que vivimos, me viene a la cabeza en innumerables ocasiones. ¿No deberíamos hacer todos los cristianos lo mismo desde la vocación que Dios nos ha dado?, ¿no deberíamos pensar en volver a la enseñanzas cristianas más puras?, ¿por qué no volvemos al principio?

Volvamos a la Verdad  de lo que Cristo nos dejó en el Evangelio. Volvamos a esa «radicalidad evangélica» ya tan desdibujada en nuestros días. Volver al origen, a lo que Dios pensó para nuestra felicidad. Ahí veo el camino y la mayor motivación para vivir.