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Os quiero contar un cuento:

«Había una vez, en una ciudad cercana a nosotros, un personaje que se llamaba NO. Sí, sí, así era su nombre, NO. NO, era la negación personificada. Incluso cuando decía que sí, NO tenía siempre más fuerza. No, vivía tranquilo en esta ciudad, no le pesaba nada, ni los miedos le atenazaban. Todo era una confabulación, y nada de lo que parecía real era tal.

Además, NO, era muy servil, muy generoso, se daba constantemente a los demás, pero no dejando de ser NO.

La vida de NO, un día cambió. Todo aquello que negaba, todo aquello que pensaba exagerad, todo aquello que minusvaloraba, se volvió en su contra y le atacó. 

NO, se murió, pero antes de morirse aceptó que, en la vida, hay que aprender a escuchar, hay que ser humildes, y hay que aceptar las consecuencias de los propios actos. NO, lloró porque su irresponsabilidad y negación constante había matado a muchos Síes a los que antes había servido con todo cariño.

Colorón colorado este cuento se ha acabado».

¿Os ha gustado? Pues este NO, representa la vida de muchas personas que estamos viendo en la calle, en las comunidades religiosas, en las casas sacerdotales, en los conventos… 

El NO, podemos ser nosotros en nuestras negligencias, en nuestra forma relajada de ver esta situación pandémica que estamos viviendo.

Somos NO, cuando negamos la evidencia, cuando no utilizamos la mascarilla (porque no pasa nada que estamos en casa… ¡claro, viviendo con 10 personas más!)

Somos NO, cuando incluso con toses y sintomatología compatible al Covid, servimos a nuestros hermanos/as de la comunidad la comida, o queremos seguir echando una mano en no sé qué sitio, porque si no «nos morimos de asco» y de aburrimiento y «hay que normalizar la vida». 

Somos NO, cuando mentimospara que no se nos descubra que hoy me mareé al levantarme, parece que saturo bajo o que empiezo a tener algo de tos. Pongamonos aquí, cuántas veces nos podemos convertir en NO.

¡Ojo! NO, mató al que decía Sí. NO le quería hacer daño, pero se lo hizo. Su negación, sus mentiras y su, no querer ver la realidad tal cual es, ni aceptarla, ni querer vivirla, la ha llevado a un llanto irrefrenable y a una sensación de culpa por haber causado tanto daño.

Seamos responsables, por favor. No queramos engañar a nadie, engañándonos a nosotros mismos. Nuestras negligencias pueden ser causa de la pérdida de vidas de otras personas muy queridas para nosotros, o menos queridas, pero que comparten vida con nosotros: trabajadores, hermanos/as de otras comunidades, amigos, familiares…

El llanto de NO tiene que ser el grito del Sí a la responsabilidad y al cuidado.