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Todo este camino de renovación en la vejez y en el decaimiento como Institución, lo debemos hacer con cabeza, sabiendo a qué atenernos, cómo hacerlo y cuándo hacerlo. Y para ello debemos saber acompañarnos laicos y religiosos.

No se puede pretender ir solos a todos lados, ni creer que solos podemos o nos valemos, o que solo nosotros estamos capacitados para decidir sobre lo nuestro.

Evidentemente, el conocimiento de la propia Congregación, de la Historia, de las Obras, de lo que la ha movido a lo largo de los años, lo tienen las personas que forman parte de la Congregación; pero la mirada objetiva, contrastada con otras realidades parecidas, las necesidades que se tienen y cómo afrontarlas, la visión de futuro, no necesariamente lo tienen que tener. Es por ello que, en la riqueza de compartir, todos salimos ganando.

El papel del laicado a lo largo de los años ha ido evolucionando. Al principio se acudía a ellos por necesidad (necesidad de encontrar profesores porque ya no hay religiosos para dar clases, necesidad de enfermeros/as porque ya la Congregación no tiene RRHH suficientes para poder afrontar esa labor, necesidad de cocineros, limpiadores, auxiliares, porteros…) y no por voluntad, al menos en muchos de los casos. El motor era la necesidad y el poder continuar con las obras.

El tiempo nos ha ido enseñando a que el camino con el laicado se debía de convertir en una piedra angular de nuestros proyectos. Aquello en lo que ya el Concilio Vaticano II hizo hincapié, dedicando a los fieles laicos todo un capítulo, el cuarto, de la constitución “Lumen Gentium”, no se detectó con fuerza en la Iglesia hasta bastantes años más adelante. Pero una cosa era la reflexión teórica de una Constitución conciliar y otra parecía ser la reflexión cotidiana de la realidad que a cada uno le tocaba vivir. La reflexión Conciliar no coincidía con la voluntad eclesial de base.

Parece que es ahora, aunque con bastantes resistencias todavía, cuando entendemos que la Consagración por el bautismo nos unifica a todos y no nos diferencia en cristianos de primera o de segunda, sino que nos da la misma dignidad. Esa dignidad nos anima a ir de la mano, a no mirarnos por encima del hombro, a buscar ayudarnos mutuamente y crecer en nuestro compromiso común.

Necesitamos hacer camino juntos, escucharnos, profundizar en el respeto; no debemos caer en la prepotencia de quien todo lo sabe o todo lo controla.