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Mi vida de carmelita ha sido muy larga. Como carmelita he crecido, he madurado enamorándome más del Señor, en quien tengo toda mi confianza.

He buscado siempre el silencio y el recogimiento para abrirme al Señor en una escucha paciente, prestando atención a lo que me pudiera decir, a ese susurro tan suyo que acompaña todo lo que pasa a nuestro lado: el aire, las hojas de los árboles, los pájaros, la lluvia, el coche que pasa por la calle, la campaña que llama a la oración, el rezo de los salmos, los cantos…

Escuchar lo que cada una dice y lo que cada una deja de decir; escuchar los pasos apresurados de las más jóvenes y esos pasos lentos de las que ya vamos despacio; escucha la alegría en las risas de los recreos y también el dolor que habita por momentos las miradas.

Escuchar los problemas de la gente o las historia que no dejan de contar.

Escuchar el simple desahogo de quien no tiene a nadie que le escuche.

Sí, Dios me ha concedido saber escuchar y creo que me he aplicado a ello con toda mi voluntad.

Ahora la mayor parte de los sonidos se me escapan. Las hermanas se tienen que acercar a mi oído y hablar muy claro si quieren que entienda lo que me dicen. Además, necesito auriculares para poder escuchar música.

Ahora el silencio es más denso, pero sigo atenta a lo que Dios susurra para mí.

Ahora vamos aprendiendo juntos el lenguaje callado del amor, y sigo siendo tan feliz pensando que Él me espera al otro lado.

 

Pilar de Santa Teresa Margarita, carmelita descalza de Toro

(Del libro “Carmelo de Toro, 400 años y 40 historias”)