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Creo, humildemente, que los religiosos tenéis una gran suerte: la posibilidad de vivir en comunidad.

Lógicamente la convivencia es dura. La convivencia conlleva conflicto, roce, dificultades…, pero también supone retos y una oportunidad para crecer personalmente en todas las dimensiones. El paso de los años dentro de una comunidad religiosa lleva asociada la posibilidad de vivir acompañado, de ser escuchado y vivir en la grandeza del amor mutuo.

La comunidad: posibilitadora del cambio positivo en la vejez

Otro aspecto de la realidad comunitaria tiene que ver con su función como facilitadora de cambios en nuestra propia vida. Las primeras experiencias comunitarias nos manifiestan que en sus comunidades se corregían los unos a los otros. Por el hecho de ser hermanos unos de otros nos tenemos que acompañar y buscar mejorar fruto de esta corresponsabilidad.

La fe es una respuesta personal, pero se vive en el seno de una comunidad. Por eso todos somos responsables de la vida de cada hermano. Es desde esta mirada desde donde podemos cambiar aspectos de nuestra vida que se van anquilosando o que ya vemos como incrustados en nuestra existencia.

Mi abuelo decía con frecuencia “árbol vello non se torce” (árbol viejo no se tuerce) haciendo ver su incapacidad para el cambio, pero la vida, nuestra existencia y nuestras potencialidades nos demuestran, que tengamos la edad que tengamos, hayamos hecho lo que sea, siempre podemos mejorar y buscar aspectos de autocorrección. No vale la pena cerrar nuestra mente, ni caer en la negatividad del mero hecho de tener muchos años, o desde la enfermedad de los “YOYA”: Ejemplos: “Yo ya debo soportar esta artrosis para siempre”, “yo ya no estoy para estas…”, “mira qué decisiones han tomado, yo ya sabía que iba acabar mal”.

Es indudable que la vejez es parte de la vida, una etapa más. Debemos concienciarnos que “desde que nacemos, envejecemos, envejecer es vivir y vivir es envejecer” Nacemos, nos desarrollamos y morimos. Es la parte natural de nuestra existencia. No olvidemos que estamos aquí de paso y que con la misma gratuidad con la que hemos nacido, nos iremos un día sin pedirlo.

Este paso de los años, inexorable, raudo, no debe conllevar vivir angustiados, tristes, amargados…, podemos envejecer bien. Está en nuestras manos, aunque haya circunstancias que lo condicionen y cambios en nuestra existencia que no podremos frenar: pérdidas de cabello, o cano, vista cansada, más lentitud, más patologías…

Pero, aunque esto sea así y lo aceptemos, debemos seguir preguntándonos: ¿cómo podemos envejecer bien? La respuesta a esta pregunta viene asociada al fomento de determinadas rutinas y hábitos que nos ayuden a mejorar nuestros cambios vitales:

1. Practicar un estilo de vida y unas formas de comportamiento adecuadas.

2. Condiciones sociales y congregacionales favorables.

3. Horarios regulares.

4. Descanso adecuado.

5. Ejercicio diario.

6. Buen humor

7. Pensamiento positivo.

8. Buena alimentación.

9. Ejercicios mentales y físicos.

10. Estiramientos.

11. Buenos pensamientos ante la vida.

Cada uno de estos puntos supone un reto en nuestra existencia diaria, requiere de trabajo y esfuerzo hasta convertirlo en hábito. Si hago ejercicio un día a la semana será complejo que se convierta en hábito, si no hago ningún esfuerzo en pensar bien del otro, de la vida, de mis hermanos, de todo, difícilmente cuando lo necesite estaré preparado para ello y mi tendencia será afrontar la vida desde la negatividad y el pesimismo. Necesitamos ejercitar cada una de estas situaciones e introducirlas en nuestra cotidianidad, también en la dependencia.