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Para mí el texto contenido en Col 3, 12-17 es uno de los textos fundamentales del ideal del cristiano. Pablo nos enumera aspectos esenciales de nuestra condición de cristianos:

1. Como elegidos de Dios, santos y amados, revestidos, pues, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia.

2. Soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros.

3. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección.

4. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos.

5. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos himnos y cánticos inspirados.

6. Todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre.

Como escogidos de Dios, el privilegio de la Vida Religiosa

¿Por qué somo elegidos? ¿Somos mejores? Dios escoge y nosotros respondemos. Nuestra opción por la vida religiosa no es algo nuestro. A lo largo del proceso de discernimiento para llegar a formar parte de una orden o un instituto y llegar a la consagración a Dios, hemos tenido la oportunidad de enfrentarnos numerosas veces a esa «llamada» y hemos podido ver si era algo que salía de nosotros o se trataba realmente de algo de Dios.

Quien es consciente de que es algo de Dios, sabe que es una responsabilidad, porque Dios no llama en vano ni por capricho. Dios llama a una misión, dentro y fuera de la comunidad.

Cuando damos nuestro sí, sabemos bien que Dios estará con nosotros, que no nos abandona, pero sabemos que nos pide ser fieles a una misión. 

Por eso, la vida en comunidad es una tarea que hay que mimar y defender, los hermanos son un regalo y la misión de puertas a fuera una forma de hacer que el Reino se vaya construyendo.

El privilegio de la «llamada a la vida religiosa» no es porque seamos mejores, sino que Dios nos considera adecuados para una tarea específica y, de ahí, nuestra gran responsabilidad.

Corrección fraterna, signo de la humildad y la misericordia

Conocer a los demás. «Si te defraudan o te decepcionan es que no conocías a tu hermano».

Conocer a los demás y conocerme a mí mismo es la forma de poder sentirme unido a los hermanos, es algo que nace de la misericordia. Si mi corazón late al ritmo del corazón del hermano, entonces podré comprenderle y ayudarle. Sin misericordia la vida comunitaria se convierte en un grupo de personas obligadas a comprenderse y tolerarse.

Para recorrer este camino hace falta vivir desde virtudes tradicionales cristianas como la humildad y la simplicidad que nos lleva a la pureza del corazón.

Para Teresa de Jesús la humildad es la base de la vida interior: » Este edificio todo va fundado en humildad». Para ella la humildad es «andar en verdad».

Humildad no es humillarse, no es no atraverse o negar nuestras capacidades. La humildad es reconocer que somos lo que somos ante Dios y que somos capaces de aceptarnos como somos.

Sólo el humilde comprende por qué no se puede humillar y descubre los caminos de ayudar al otro a superar sus dificultades y limitaciones. Precisamente porque sabe que va en el mismo barco.

Vínculo de la perfección

Si ponemos la fuerza de relación en cuestiones humanas, nunca habrá comunidades. Es el Espíritu —el amor— «el ceñidor», el vínculo de unidad quien crea el vínculo. Sólo desde el amor podemos soportar la vida en comunidad.

En la vida activa el interés común de sacar adelante una empresa o un proyecto une a la gente que participa en él. Pero, ¿qué pasa cuando termina el proyecto o volvemos a la comunidad, en el día a día, en los actos cotidianos?

Desde la opción por la comunidad y la acción de Dios puedo hacer autocrítica y valorar mi actitud ante los demás. Si soy miembro de la comunidad, soy responsable de que las cosas funcionen.

Sólo desde el conocimiento del otro y el amor a través del Espíritu seremos capaces de soportar la dureza de la vida en comunidad.

Instrumentos de paz. La comunidad, lugar de armonía

Jesús envío a sus discípulos a los pueblos y a las casas. Lo primero que debían ver es si eran hogares de paz.

La paz se percibe, se siente nada más entrar en un lugar. Por eso podemos saber si nuestra comunidad es un hogar o si es una residencia de personas que simplemente comparten un espacio.

Paz no es un concepto abstracto, es una realidad concreta. Es un espacio donde uno se siente querido y protegido, un lugar donde refugiarse en los momentos difíciles y un lugar donde transmitir alegría. Sólo el que se siente amado tal y como es, puede vivir en paz.

Pero la paz se construye, hay que trabajarla día a día, y hay que defenderla. Es un equilibrio que no siempre es fácil de lograr, especialmente en la comunidad.

 

Lugar donde se escucha la Palabra, en los gestos y actitudes

Y para saber qué debemos hacer tenemos una referencia bien clara: el Evangelio. La escucha y la meditación de la Palabra son un referente obligado si deseamos vivir en Cristo. Si lo vivimos como rutina y como obligación, la Palabra deja de hablar, pero si es alimento y nos sentimos movidos y animados por ella, nunca puede sonar igual.

La palabra y la oración pueden transformar lo cotidiano en un encuentro gozoso con el Señor y ser el motor de nuestro día a día. Sólo hay que ser conscientes de su presencia en nuestra vida y hacer que esa presencia se mantenga a lo largo del día, hagamos lo que hagamos. Precisamente esos momentos de gracia que transforman lo ordinario. 

Lugar de la presencia de Cristo y la acción del Espíritu:oración y comunidad

Este punto es el núcleo de nuestra realidad cristiana.

Como hemos visto, la comunidad es el lugar privilegiado de la presencia de Cristo y desde ella el mundo y los hermanos reciben la acción del Espíritu. Apunto unos aspectos esenciales para que esto sea posible:

  • Combinación de vida activa y contemplativa.
  • Combinación de oración privada y comunitaria.
  • Lectura y meditación de la Palabra de Dios.
  • Apertura y compromiso con los demás.

Teresa de Jesús buscó la «unión del recogimiento contemplativo y la actividad práctica», una síntesis que no es fácil de lograr, porque la búsqueda de la contemplación puede llevarnos a salir de la realidad, de lo concreto, y la actividad práctica puede hacernos olvidar el centro desde el que vivimos: Dios. 

Lo bueno de nuestra fe es que no es una cuestión exclusiva entre Dios y nosotros. Afecta a toda la comunidad. Según entendamos la religión, proyectaremos en nuestra vida sus valores. La fe no se puede vivir en solitario, necesita de la comunidad y también de las obras.