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La fuerza de las mujeres está representada por nuestras respectivas madres. Ellas son paradigma de fuerza, y también de ternura y amor.

En el Libro III de Esdras, incluido en algunas Biblias antiguas, se refiere, como, en cierta ocasión, contendieron tres jóvenes ante el rey Darío acerca de qué era lo más fuerte del mundo. El primero dijo: “Lo más fuerte es el vino”, aduciendo como argumentos a su favor, la euforia, la despreocupación y el arrojo que produce la embriaguez.

El segundo, como buen cortesano, adulador, afirmó que: “Lo más fuerte es el rey”, y defendió su sentencia apelando a la influencia y eficacia del poder real.

Por fin, el tercero, Zorobabel, se expresó de esta guisa: “Más fuertes todavía son las mujeres, pero por encima de todo está la verdad”. Porque las mujeres, razonó, traen al mundo a los reyes y a los demás hombres, y son preferibles a todas las riquezas, y manejan a su antojo la voluntad de sus amadores.

Pero todavía hay algo más fuerte y poderoso que las mujeres, y es la verdad a la que nadie puede vencer. La verdad es inmutable, firme como una roca frente al mar.

A este relato bíblico cabe añadir que la verdad, unida al tiempo, seguro que algún día se sabrá. Los hombres y mujeres de nuestros días, tal vez más que nunca, ansían la verdad. Los jóvenes la idealizan hablando de “autenticidad”. Ésta es como una sublimación de la verdad. La autenticidad es la verdad de la vida. Y el Papa Francisco de forma expresiva nos dice que: “La verdad nunca va sola. ¡Nunca! Siempre va con el amor. No hay verdad sin amor. El amor es la primera verdad”. Y como colofón, se puede añadir que Dios es Amor, es la Verdad en mayúscula.

Pero aparte de la fortaleza, en la mujer también está su autoridad, que no poder. Ejemplos hay en la historia de la Iglesia, pero llama la atención lo que nos recuerda Omer Englebert al comentar la vida de san Enrique (973-1024), que estaba empeñado en mantener la unidad del Sacro Imperio y reformar el papado. “Esto era necesario en un siglo en el que, de veintiocho papas, catorce debían a las mujeres su elección”.                                                     

Pero, no olvidemos que las mujeres sobrepasan a los hombres en intuición, en el trabajo colectivo y en el amor a la paz. “La paz, para el cardenal Herrera, es un efecto del amor”. También la mujer, es más sensible y derrocha ternura. Y es constante y sufriente hasta más no poder.

Ahora cuando hablemos de la Virgen y de las madres, veremos otras muchas cualidades que las enriquecen. Y, como guinda, diré que Cervantes las cantó, con la justicia que merecen, al decir que las mujeres eran: “un espejo de cristal luciente y claro. Y, además, por su honestidad, una joya, fino diamante; nieve blanca y limpia, y al estilo de las reliquias hay que adorarlas”.

¡Gracias a ellas por hacer de este mundo un lugar mejor!