Seleccionar página

No pretendo traer nada nuevo, sorprendente o revolucionario. Sólo os invito a hacer una reflexión a partir de la realidad que se nos presenta y que los cristianos deberíamos vivir de una forma concreta.

Estamos tan acostumbrados a dar a este término un sentido peyorativo, que olvidamos que la rutina es el día a día, lo habitual, en definitiva, es mi vida.

Los que vivimos en Ávila, podemos percibir un guiño de la santa: «también entre los pucheros anda Dios». Podemos interpretarlo como que Dios anda entre las actividades más cotidianas y humildes, pero está haciendo referencia también a la rituna, cocinar y comer es algo que se debe hacer día a día, como una tarea sin fin. 

Es cierto, la rutina puede ser uno de los elementos destructivos de la vida cristiana y de la vida comunitaria; sin emnargo, nada hay más santificador que esa misma rutina cuando se vive desde el interior.

Rutina es sinónimo de aburrimiento y de la falta de interés, pero es en la rituna donde podemos crear los hábitos que nos facilitan la vida.

Los cambios permanentes en el modo de vivir y de actuar parecen ser más interesantes y creativos, pero llevan a que no se puedan consolidar las acciones de la persona, sin embargo, la rutina es el modo de poder ir construyendo cada vez más alto. Sólo desde la rutina puedo entrar en un camino de perfección, porque sólo desde la observación de lo vivido, de la valoración de mis experiencias y actos, puedo ir modificando la forma de vivir y de actuar.

Cuando la rutina se concibe como la mera repetición de los actos es, en efecto, destructiva, porque lleva al desinterés, pero para evitar eso tenemos la imaginación, la capacidad de superación y la búsqueda de la perfección. Cuando mi vida, a través del realizar lo mismo permanentemente se convierte en camino de superación, la rutina no es la mera repetición, sino continuo crecimiento.

Probablemente todos hemos experimentado en nuestra vocación un proceso de conversión que nos llevó a optar por un cambio de vida. Pero con el paso del tiempo, a medida que hemos ido haciendo cada vez más nuestra aquella novedad, ya no nos suceden cosas extraordinarias, los lugares ya son los de siempre, las hermanas son las de siempre, la vida es siempre igual. Ya no hay nada que nos sorprenda y emocione.

Pero es que se trata precisamente de eso. La vida dedicada a Dios no consiste necesariamente en sorpresas espectaculares:

¡Dios habla en la vida ordinaria de cada día y ahí hay que encontrarle!