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Mucho se ha hablado a lo largo de estos últimos cincuenta años del papel del laico en la Iglesia católica. El Concilio Vaticano II ha sido un espolón muy importante para entrar en esta reflexión y restituir al laico su lugar imprescindible en la actividad de la Iglesia.  (Fue uno de los temas centrales del Concilio Vaticano II.)

Pero no es menos cierto que hay una pregunta que es el origen de todas las demás: ¿Quién es el laico? ¿Cuál es el modo de identificarlo, de definirlo? Muchos se esfuerzan por dar una respuesta, muchas de ellas diferentes y complementarias. Es más, incluso la respuesta viene a veces por lo que no es: el que no es sacerdote, el que no es religioso.

Definamos al laico

Vayamos al origen, quizás nos dé luz: el laico es un cristiano, un bautizado. Cualquier cristiano se define por ser seguidor de Cristo y su Buena Nueva, en este caso en sus ambientes, en su trabajo, en su círculo de amistades, en sus aficiones… Un seguidor de Cristo que tiene la doble misión de construir la Iglesia y de cristianizar el mundo.

Una conferencia impartida por el obispo auxiliar de Barcelona, Don Antoni Vadell, significó para mí una apertura a una dimensión nueva del laicado. D. Antoni habla de que aún hoy en la Iglesia las sillas son las que nos impiden desarrollar nuestra propia vocación: la silla del obispo, la silla del diácono, la silla del religioso, la silla del catequista, las sillas… Quitar las patas a las sillas para sentarnos todos en el mismo campo, a la misma altura, nos ayudará a acoger mejor y a evangelizar desde la fraternidad.

Cuando lo escuchaba, pensaba que se podrá dar esto, que algunos anhelamos, cuando un obispo, un sacerdote, un consagrado, sienta la necesidad de ser acompañado humana y espiritualmente por un laico. Sentir al laico al mismo nivel. Sin patas en las sillas. Creciendo juntos. Seremos seguidores de Cristo desde distintas respuestas vocacionales y desde distintas dimensiones, ni peores ni mejores, ni más importantes ni menos, ni más preparados o menos preparados formativamente, para ser seguidores de Cristo. Nos iguala el bautismo, nos sigue uniendo Cristo. Y lo que nos diferencia, los diferentes ministerios, viene de Dios que nos llama o nos da este carisma. Luego esta diferencia enriquece la comunión.

¿Menos preparados?

Es extraño ver cómo los laicos somos el grupo más mayoritario en la Iglesia (si hacemos la división clásica entre laicos, sacerdotes y religiosos) y sin embargo, todavía hoy, es el grupo menos significativo y el tildado como el menos preparado para ayudar a otros miembros de nuestra comunidad cristiana. He escuchado a sacerdotes, obispos y religiosos decir: “¡No pueden acompañar a un consagrado porque no están preparados para eso!” “¡No entienden algunas cosas que solo se viven desde dentro!” (y ellos sí entienden a un casado). “Hace falta dar pasos para poder avanzar, pero aun no es el momento” …

No es poco habitual que en la propia Iglesia se vea al laico solo como aquel que se compromete en la acción parroquial. ¿Qué pasa con todos aquellos laicos que no participan en ningún grupo, movimiento, expresión parroquial? ¿No son laicos? ¿Son laicos de segunda? ¿Cuántas personas conocemos que creen en Cristo, que en su día a día, en su trabajo, en sus acciones tienen una buena palabra, una buena acción, un aliento de esperanza… ? Están siendo Buena Nueva en su entorno, en la sociedad, pero sin embargo no están en ningún grupo parroquial, no tienen un compromiso activo. ¿Qué pasa con ellos? ¿Cómo los acoge la Iglesia? ¿Cómo los siente la Iglesia?

Nos toca reflexionar sobre esto.

Los laicos son llamados por Jesús para trabajar en su viña construyendo el reino de Dios en este mundo, tomando parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta hora dramática de la historia. (Ver No.2, párrafo 4 de la Exhortación Apostólica: Christifideles Laici).