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Desgraciadamente, estamos viviendo día a día, cómo nuestro país se encuentra cada vez más polarizado a nivel político, social y cultural. Esto tiene unas implicaciones gravísimas a todos los niveles de las que tardaremos mucho en recuperarnos.

Estoy convencido que cualquier lector/a de este artículo puede ratificar esta misma sensación, una sensación que nos puede llevar fácilmente al enfado, a la desesperanza e incluso a la ira hacia el que no piensa como nosotros.

Estamos construyendo, peligrosamente, una sociedad enfrentada entre los que piensan como yo, y los que no piensan como yo. Difícilmente somos capaces de discutir sobre un tema político, incluso religioso, sin acalorarnos y sin aparcar la visceralidad en pro de la empatía y la búsqueda de entendimiento. Lo que hacen los políticos y nos abochornan, es reflejo de lo que hacemos los ciudadanos en nuestro día a día. Los políticos son expresión de la voluntad de la ciudadanía, y sus vergüenzas, son las nuestras, su fracaso, nuestro fracaso como sociedad.

Los cristianos tenemos una alta responsabilidad en esta tarea. Tenemos que ser terrano firme en donde se asiente una cultura de pacto y comunión fuertes, sensatas y fundadas en el respeto hacia el otro.

Nuestra historia, desde su génesis,así nos lo pide, y no es una responsabilidad que podamos esquivar. Religiosos/as, sacerdotes, laicos y obispos, tenemos que construir una cultura de paz y entendimiento, empezando por nuestras comunidades religiosas y terminando en nuestros trabajos, entorno social y cultural. Una forma colectiva de individualismo es la exclusión cultural, el dominio del cuerpo político o del cuerpo eclesial por una cultura particular o una forma particular de entenderla. Ojo, porque sin darnos cuenta podemos estar cayendo en ese individualismo atroz que nos lleva a la autodestrucción. 

La Iglesia es el primer sacramento de comunión (Koinonia), y también signo y modelo de las formas de vivir la comunión. El concepto secular que más se acerca a este modelo es el «bien común». Tenemos que regresar a esta idea original de pacto, de respeto, de buscar el entendimiento, de enriquecernos por compartir, de aprender a ceder como forma de crecimiento personal… y todo esto de aplicarlo en nuestro día a día.

Decía Napoleón que no hay que tener miedo de quienes piensan de manera diferente; de quien habría que temer es de aquellos que guardan silencio y evitan decir lo que piensan. Admitámoslo, esto último es precisamente lo que algunos de nosotros hacemos en ocasiones, cuando estamos con una o varias personas que hablan y opinan sobre cosas con las que no estamos de acuerdo. Nos decimos aquello que no vale la pena perder tiempo y esfuerzos. Nos convencemos de que es mejor quedarnos a un lado, asentir con la cabeza y dejarlos hablar para poder conservar la propia energía y no caer en discusiones inútiles. Ahora bien, hacer esto de forma continuada supondría, por ejemplo dar fuerza al pensamiento único.

Es necesario entender que nuestro mundo estrá trufado de perspectivas, de modos de sentir, de opinar, de pensar, de ser y de apreciar cada realidad que nos rodea. La riqueza de opiniones es lo que nos hace libres, saber respetarnos nos hace grandes. por tanto dejar que nuestra voz sea escuchada nos refuerza como personas, y también a nuestra identidad.

El diálogo es a fin de cuentas un maravilloso ejercicio de civismo, ahí donde confrontar ideas, relativizar enfoques, y en ocasiones, hasta alcanzar consensos. Así, en un escenario social cada vez más complejo y dinámico, saberse comunicar con quien opina diferente es una valiosa herramienta psicológica y de construcción cristiana y humana.