He descubierto que escribir tiene un poder terapéutico. Decir las cosas que se pueden decir y se deben decir, en su justa medida, ayuda a reflexionar activamente y ayuda, incluso, a liberarte de algo que llevas dentro. El decirlo puede ser mediante expresión verbal o escrita. Pues, eso, si no lo escribo, como se dice vulgarmente, reviento.

¿Por qué reviento? Llevamos meses de esta pandemia y hay cosas que no me gustan escuchar, expresiones que convertimos en generales y que son injustas: “todos los médicos son iguales”, “todos los políticos son iguales”, “todos los curas son iguales”, “todos los religiosos o religiosas son iguales”.

Parece que queremos buscar culpables más que soluciones, tenemos que buscar el chivo expiatorio donde verter todos nuestros traumas, amarguras y decepciones. El chivo serán los demás, nunca uno mismo. 

Seguro que más de uno se siente incómodo en esta urna general donde a todos nos meten a veces. A mí, si me pasa. No todos somos iguales, gracias a Dios. En la diferencia está la riqueza y esta riqueza nos alimenta, pero no todas las empresas son iguales, ni todas las fundaciones, ni todos los médicos, ni todos los abogados, ni todos los curas, ni todas las monjas, ni todos los carpinteros, ni todos los fontaneros… Somos diferentes, desde luego, y tenemos que aprender a descubrir el valor de cada uno y no tanto sus miserias, que eso sí, todos tenemos.

En lo que se refiere a la asistencia a nuestros mayores tampoco vale todo, ni todos somos iguales. Hay Congregaciones, Obispados, particulares, que miran única y exclusivamente el precio final de un servicio o producto; hay otras que miran el pack, lo que se llama equilibrio entre calidad del servicio y el precio, y otras que sospechan de lo barato pensando que “hay gato encerrado”; hay quienes son analíticos al extremo, otras independientes y están convencidas de que “me valgo por mí mismo, no necesito de nadie de fuera”.

¿En qué nos deberíamos de fijar en nuestras Casas de Mayores tratándose de cuidar lo más sagrado que son las vidas humanas de nuestros mayores? Preguntémonos en qué nos fijamos cuando vamos a un hospital o a un Centro de salud o nos atiende el 112.

Pues sí, en la calidad humana y en la competencia profesional de quien nos atiende, en que las instalaciones estén limpias y equipadas, en que la persona que nos atiende nos escucha, nos trata con respeto, en que si el servicio no es bueno, tenga a dónde acudir a reclamar o presentar una queja, en que alguien se dirija a mí para darme explicaciones de lo que se hace e incluso nos pide disculpas cuando no se hace, pero en la certeza de que ha detectado el error para corregirlo.

Acompañar, formar, organizar, compartir misión, revisar, rigor, competencia profesional… eso es calidad.

En todo momento, y no solo en estos momentos en los que el COVID-19 está presente, queremos calidad, humanidad, profesionalidad, rigor, respuestas…

No todos somos iguales, ni podemos serlo, ni es deseable que lo deseemos.