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Lejos de ver las enfermedades desde una perspectiva meramente sanitaria, queremos centrarnos en aquellas que surgen en el seno comunitario. Sin ninguna duda son muchos más los dones fruto de esta convivencia; muchas más las virtudes, las grandezas; pero también es bueno, al menos de vez en cuando, fijarnos en los aspectos a mejorar.

Y para ser fieles a nuestro subtítulo, no creo que sea positivo centrarse en el aspecto negativo de estas patologías comunitarias, sino en la oportunidad que nos ofrecen para hacernos crecer.

Muestro aquí un elenco de ellas. Después de explicarlas, les daremos la vuelta para presentar su fuerza transformadora y cómo pueden convertirse en potenciadoras del cambio personal, y por ende, comunitario.

La enfermedad de la anoxia relacional

Nuestra vida está hecha de relaciones humanas. Cuando se llega a una comunidad, a nadie le han preguntado con quién quiere convivir, compartir oración o encuentro; con quién te quieres rodear para el ocio y tu tiempo libre. Las comunidades, por lo general, ya están formadas y os vais incorporando a ellas. Y en ellas hay de todo, gente que os cae mejor, otros que os caen peor, aquél de quién guardo un grato recuerdo de épocas pasadas y aquél otro al que no puedo ni ver en pintura. Y con unos y con otros tengo y debo hacer comunidad.

Y tú estás en medio de esta realidad comunitaria como un miembro más entre otros miembros. Ahí salen nuestras manías, que chocan con las manías del otro; ahí están nuestras costumbres, que a veces no encajan con las costumbres de otros, nuestras obsesiones no curadas, nuestra negatividad o positividad, porque incluso esta puede llegar a ser criticada por quién no es así. En medio de todo esto tenemos que hacer comunidad.

Cuento siempre en estos encuentros, para poner un ejemplo de esta anoxia, que hay una comunidad a la que suelo frecuentar, en la que sé cuándo está la superiora o no lo está, nada más llamar a la puerta.

Muchas se ríen, incluso tú, que estás leyendo estas letras te preguntarás, pero ¿cómo es posible? Pues muy fácil, llamo a la puerta, si al abrir veo a las hermanas de comunidad paseando por la parte baja, en el claustro, regando plantas, limpiando cristales (ya limpios, por cierto), o simplemente paseando, digo: ¡No está la superiora! Cuando, por el contrario, todas están en la parte de arriba, en las salas comunitarias, o en sus propias habitaciones, acierto siempre a decir que la superiora sí está en casa. Y es que a esta hermana superiora, le encanta tener a las hermanas controladas, que nadie se caiga, que nadie deambule sin sentido, que las que estén bien, controlen a las demás… O aquella otra hermana, que en función de donde se ponga la servilleta, si en el vaso, al lado, o encima del plato, irá ella a recolocarla porque no puede soportar verla en el sitio inadecuado; o aquel que, con sus reacciones impulsivas y enérgicas, coacciona a los Padres para que no se dirijan a él….

Como pueden ver, son distintas posturas, intransigentes, maniáticas… que provocan que en esas comunidades el ambiente sea irrespirable, o al menos poco sano.

Ver desde lo mejor de nosotros mismos estas situaciones requiere hacer una autocrítica constructiva. Desde la autocrítica trazaremos canales que ayuden a no desintegrar la comunidad. Si realmente nos hacemos conscientes de nuestras manías, de nuestros orgullos, de nuestras obsesiones…, podremos poner remedio a ellas y, al menos, no provocar que las mismas erosionen el ambiente comunitario. No podemos “echar balones fuera”, decir que el culpable no soy yo, sino el otro, el superior, el provincial que me ha enviado aquí o allí cuando mi pensamiento estaba en otro lado, este hermano/a de comunidad que me hace la vida imposible. No, solo desde una reflexión y transformación interior, esta falta de oxígeno puede convertirse en una bocanada de aire fresco para todos.

La enfermedad del derrotismo

Hay un veneno que contamina, con más frecuencia de la deseada, nuestra realidad. Un veneno que nos lleva a actitudes pesimistas, que nos hace sentir pequeños, inseguros, incapaces de cambiar (y no digamos ya de ser felices…).

Esta sustancia tóxica se llama derrotismo, y parte de una premisa que dice: “no eres capaz, es imposible, la batalla está perdida de antemano”. Y es cierto que también nos la encontramos en las comunidades religiosas y en la Consagración religiosa en general. La sensación de que hacer esto o lo otro ya no merece la pena, no sirve para nada, o estamos perdiendo el tiempo o el dinero. Es así como para algunos, una comunidad de mayores es un regalo del cielo desde la boca, pero es un lastre económico (“pozo sin fondo” según algunas expresiones que he llegado a escuchar) si profundizamos en lo más hondo del corazón de quien pronuncia estas palabras.

También es derrotismo el esperar pasivamente, confiando en milagros, o en cambios que me interesan. Esta es la actitud de personas cuya única apuesta es esperar sin esperar. Es cierto que también es una actitud cómoda para algunos, dado que el cambio y lo novedoso no está en el ADN de algunos religiosos, en términos generales.

El derrotismo se alimenta de todos esos “tú no eres capaz”, “no puedes”, “la vida es así” y “confórmate con lo que tienes” que nos han dicho a todas horas desde que somos niños. Y lo seguimos alimentando nosotros cada día cuando nos negamos a utilizar nuestra creatividad y cuando ofrecemos nuestro escasísimo tiempo libre a actividades que no tienen un impacto positivo en nuestra vida (la tele, las redes sociales, las conversaciones insustanciales, la limpieza excesiva, el “dar vueltas a la cabeza” sin solucionar nada).

El antónimo de derrotismo, literalmente, es el triunfalismo. Y mirad, no nos viene mal reflexionar sobre él, aunque no me guste demasiado la palabra en sí. Un triunfalismo que tiene que ver con el agradecimiento por llegar a donde se ha llegado. Una vida recorrida, dada, entregada, haya sido como haya sido esta vida, es un triunfo en sí. Tenemos que agradecerlo, valorarlo y vivirlo. El derrotismo patológico no nos sirve para nada, no soluciona nada, no aporta nada y ni es realista, ni ayuda a seguir hacia adelante. 

La enfermedad de la mala visión

Comentábamos antes que a medida que vamos cumpliendo años hay factores que no podemos corregir, que son inherentes al paso de la vida: canas, arrugas y también la vista cansada. Es una enfermedad por lo tanto bastante común. Hay personas dentro de la convivencia comunitaria que tienen una magnífica vista de lejos (hipermetropía) y así comentan lo bien que haría la General si organizase de esta forma o la otra la Congregación, si vendiesen estas propiedades o las otras, si organizasen así o asá la propia Institución, que se meten a videntes con mando prácticamente de toda la Iglesia, y que sin embargo ven muy mal de cerca, no son capaces de ver lo que les pasa en su vida, sus propias incapacidades y limitaciones, sus torpezas. Es un problema de visión real. O aquellos que tienen una vista estrábica, y hoy opinan una cosa y mañana opinan la contraria; o aquellos que tienen vista cansada (presbicia) y ya no quieren mirar para ningún lado porque todo les agota.

Tenemos que cuidar nuestra vista, graduarla de vez en cuando, centrarla lo máximo posible. Es fundamental opinar con criterio, ver la viga en nuestro ojo, antes que la mota en el ojo ajeno. Es esencial compartir nuestras opiniones, pero también lo es el saber que en las decisiones de los otros hay un fundamento (o al menos ser prudentes porque puede haberlo).  

La enfermedad del individualismo y pasotismo

No es inhabitual observar como en un ambiente de comunidad, a veces prima el “yo” por encima del “nosotros”. Cuando el ser humano mira para su propio ombligo surgen una serie de problemas derivados de ello. Es más, provoca que cuando alguien no es capaz de mirar para el conjunto y para afuera, la tendencia es que mire hacia dentro, hacia sí mismo, encontrándose enfermedades que no tiene, lunares que han crecido cuando siempre los ha tenido, o patologías varias que en realidad no existen. Sí, se distorsiona la realidad cuando lo que prima es mi bienestar, mi ritmo de vida, mis necesidades, en definitiva, mi “yo”. Nos volvemos unos ególatras.

En los procesos de cuidado a personas mayores se suelen escuchar expresiones que manifiestan este egoísmo, o esta urgencia de que miren para uno mismo. Expresiones como: “que me duchen a mí el primero/a”, “siempre soy el último/a”, “no me hacen caso”, “ésta ya no es una comunidad como antes porque pasan de uno/a”.

Como ven, he unido el pasotismo al individualismo, porque bajo mi humilde punto de vista, las personas que “pasan de todos y de todo” son las más individualistas. Cuando uno “pasa” está mirando para sí, no se involucra en la realidad o en los problemas, y acaba encerrándose en sí mismo.

Lo contrario a este mal, es el compartir, el abrirse a los demás, el ser conscientes de que sin el otro no somos, y que, además, la convivencia, el ser generosos, el pensar en el otro, es parte fundamental del crecimiento comunitario. No hay comunidad sin generosidad y sin pensar en el conjunto, por encima de los intereses particulares. 

La enfermedad de la mala comunicación

La comunicación es la acción de intercambiar información, de decirme y decirte ante mí, conmigo. Toda la vida estamos en constante comunicación. No podemos no comunicar. Esta, como bien sabemos, no solo puede ser verbal, sino gestual, virtual, interpersonal… No debemos olvidar que para comunicarnos bien con los demás, tenemos que aprender a comunicarnos bien con nosotros mismos, aceptarnos como somos, querernos y respetarnos (sin pasarse).

Ser buen comunicador es clave para las relaciones personales y comunitarias, y por suerte, las habilidades comunicativas se pueden aprender. Estas habilidades comunicativas que se pueden aprender son (entre otras): la escucha activa, la empatía, la validación emocional, lenguaje no verbal, la resolución de conflictos, la negociación, lenguaje verbal, respeto…     

A veces, nos comunicamos sin saber, desde una inconsciencia testimonial. Una anécdota: una anciana se sentó en un banco junto a un señor que estaba leyendo tranquilamente un libro. Pasó un rato largo, ninguno de los dos dijo nada y, antes de marcharse, la anciana comentó a su compañero de banco: “que buen rato hemos pasado, ¿verdad?”

Nos dicen muchos estudios, que un gran porcentaje de los conflictos, de las rupturas matrimoniales, de las crisis de amistad…, vienen dados por una mala comunicación. Si pensamos en nuestra propia realidad comunitaria nos damos cuenta que muchos de estos conflictos vienen de aquí: de aquello que no he dicho bien, de aquello que me han dicho y no he recibido bien, de aquel gesto del que he intuido una falta de respeto, de aquella conversación entre dos donde no estaba presente y era referente a mí, de las formas que han utilizado este o aquella, de cómo frunce el ceño cada vez que yo hablo…

Como pueden ver, son tantas y tantas las situaciones comunicativas que se dan en nuestro día a día, que la comunicación se convierte en factor esencial de la convivencia comunitaria y también, del buen envejecer. Relativizar, confrontar, aprender a hablar con respeto y empatía, nos ayudará en esta línea de crecimiento. Acogiendo al otro con todo nuestro ser, aún sin palabras. Un ejemplo: una hermana, en su butaca, ofrece su hombro cada día a otra que apenas la reconoce para que se apoye sobre él, porque eso le proporciona calma y le da seguridad.  

Mirar con calidez, coger una mano, cuidar los detalles, cultivar la amabilidad como forma de acogida, eso es también comunicarse.

Los duelos crónicos o tardíos

Algo que hace daño al conjunto de la comunidad es la añoranza patológica del pasado que ya no está, ni se le espera. Nos encontramos con algunos miembros comunitarios (quizás ahora se nos venga alguien a la mente o nos lo asignamos a nosotros mismos) donde la tristeza ante las pérdidas: de personas, de facultades, de responsabilidades, de liderazgos que ya no tengo, de gestiones que ya no hago…, nos cuesta o no la superamos, dando lugar a un duelo complicado e incluso patológico que envuelve nuestra vida.

Es otra forma de individualismo, si queremos, pero manifestado de otra manera, el estar regodeándonos en ese pasado fantástico donde yo era el/la provincial, donde tomaba decisiones, donde tenía influencia, o simplemente regodearme y añorar con lamentación constante aquella comunidad donde viví que era fantástica, donde hacíamos tantas cosas, o donde todos estábamos súper implicados.

El recuerdo es bueno y necesario. La reminiscencia es fundamental. Pero el anclarnos en este pasado sin mirar al frente no nos va a hacer ningún bien, todo lo contrario.

Muchas veces nos hace falta dialogar nuestras penas, trabajarlas y transformarlas para que no sean un pesado lastre a nuestras espaldas, sino para convertirlas en fuente de vida y de agradecimiento. 

La última patología a abordar es la lamentorrea

Seguramente te has topado con ellas. Puede ser en cualquier lugar, pero centrémonos en la Comunidad. Son personas que se quejan de todo y de todos, para las que nada está nunca bien, todo está mal, todo es horrible, catastrófico y, por supuesto, susceptible de empeorar. Vivir con estas personas que viven instaladas en la queja no es fácil, porque muchas veces gastamos demasiada fuerza y energía en intentar que cambien su punto de vista.

La queja constante, el vivir cada día llorando por lo mal que estamos, por el devenir de la Congregación, por mis múltiples dolores, por lo mal que me tratan, por lo poco que cuento, porque llueve demasiado y calienta muy fuerte el sol, porque me han puesto a una hermana en frente que ronca, o aquella que está demenciada y entra todas las noches en mi habitación, o porque no me gusta la comida, y ahora mira que mal va todo, y…. Todo esto nos hace mucho daño. La lamentorrea es una enfermedad muy contagiosa que se pega a uno nada más acercarnos a la persona que lo sufre.

Hemos comprobado, a veces, cómo en el diálogo entre dos personas (una de ellas está contagiada por esta enfermedad de la lamentorrea) lo que prima es hablar de los males míos y del mundo. Un ejemplo, que además puede resultarnos próximo, es el siguiente:

A- Buenos días, Sor María, ¿qué tal está hoy?

B- Muy mal, he pasado una noche horrorosa. Me duelen muchísimo los huesos, no sé qué voy a hacer. Además, no hay quien duerma con Sor Filomena, se pasa toda la noche abriendo y cerrando puertas…

A- Pues yo también estoy fatal (ya se le ha pegado la enfermedad de la lamentorrea, solo por el hecho de sentarse al lado de quien ya la sufría). Desde que me operaron de la rodilla tengo unos dolores terribles, la pierna cada vez la muevo menos, ¿te has fijado cómo cojeo?

B- Ahora que hablas de la rodilla, es cierto, la verdad es que mi rodilla también me duele un montón desde que…

Ya la conversación fluye en paralelo, hablando cada una de sus males, contagiadas por sus dolores y sufrimientos, y donde además la cosa va in crescendo hasta el punto de empezar a “despotricar” de provincial, superiora, medidas que se han tomado…

Huyamos de esta enfermedad, no dejemos que se nos pegue, nos hace mucho daño y hacemos mucho daño al resto de la comunidad. El dolor, las crisis, las situaciones difíciles debemos enfocarlas como fuente de crecimiento. Las personas pueden quejarse cuánto quieran, pero lo cierto es que llorar sobre la leche derramada no les servirá de mucho. Quejarse implica asumir el papel de víctima, implica despojarse del control y ponerlo en una entidad externa, implica quedarse inmóvil al borde del camino, lamentándose por lo ocurrido mientras las personas a su alrededor, que quizás han vivido la misma situación, se recomponen y continúan adelante.

Lamentarse por los errores del pasado, por las oportunidades que no se aprovecharon o por los problemas del presente solo consume energías inútilmente.

Las quejas generan un estado de ánimo muy negativo. Todos los sucesos entrañan aristas positivas y negativas, centrarse en las limitaciones, los daños, la incomodidad y los fracasos solo generará frustración, tristeza e ira. De hecho, las personas que se quejan por todo casi siempre están enfadadas y sienten una profunda inquietud porque están a la espera permanente de que el mundo las sorprenda con otra “desgracia”.