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En la sociedad actual, también dentro de la Iglesia, persiste un estigma importante que pesa sobre los problemas de salud mental.

Por Pablo Tudela
Médico psiquiatra

En ocasiones la vida de fe, la vida religiosa puede parecer desde fuera algo sencillo. Hay muchas realidades dentro de la Iglesia, todas ellas distintas, pero con algo en común: están formadas por personas. Personas cada una con su carácter, temperamento, biografía, familia, pasado, heridas, inteligencia emocional, autoestima. Todo ello supone una variedad de factores que pueden influir en el transcurso de la rutina de estas realidades, en lo concreto de cada uno en su realidad eclesial; y no son factores que se puedan obviar, o intentar solucionar siempre con cuestiones pura y únicamente de fe.

El estigma de la salud mental

¿Está bien que un cura vaya al psicólogo? ¿Es por ello una persona más débil, o un miembro más inútil de la Iglesia?¿Le está siendo infiel a Dios, ya que busca ayuda no solo en la oración? Aunque parezcan preguntas con respuesta directa; hay muchas respuestas dependiendo de quien conteste.

En la sociedad actual persiste un estigma importante que pesa sobre los problemas de salud mental. la Iglesia no es indiferente a ello: muchas veces el que tiene problemas de depresión o ansiedad busca refugio en la Iglesia, y puede encontrar no solo a quien le escuche y le de esperanza, sino también conocer a Dios.

Pero también es cierto que en ocasiones algunas personas que se dedican a ayudar espiritualmente no están concienciadas con la realidad de la salud mental, y ven la figura del psicólogo o del psiquiatra como alguien que ejerce algún tipo de “intrusismo” en la relación de ayuda que prestan. Esta posición puede ser muy dañina, ya que en muchas ocasiones se precisa una ayuda mixta, desde la fe, pero también desde lo psicológico y desde lo médico.

¿Psicólogo? ¿Psiquiatra?

Si un integrante de una comunidad religiosa es diagnosticado de diabetes, no se pondrá objeción en que visite al médico cuantas veces sea necesario; así mismo debe ser con cada problema de salud mental: se debe valorar, permitir y/o aconsejar ayuda profesional.

En la vida religiosa la propia psicología, las heridas de la biografía pueden generar un verdadero infierno para el que con rectitud quiere vivir su vida de fe. Son realidades en ocasiones complejas, separadas del mundo, en las que los demonios interiores resuenan y en ocasiones campan a sus anchas, provocando mucho sufrimiento sin tener porqué ser un problema “moral” únicamente, o “del hombre viejo”.

Por ello, ante la duda, nunca está de más pedir una valoración profesional, y no perder de vista este prisma de la persona. Al igual que un diabético puede necesitar medicación para ayudar a su páncreas, una persona con depresión podrá necesitar un antidepresivo junto con psicoterapia para ayudarle a seguir con su vida y su rutina; o para que pueda dejar de pensar en la muerte compulsivamente, por ejemplo.

Una epidemia silenciosa

Es bueno alentar a los compañeros de fe a expresar si lo necesitan problemas, preocupaciones, que no tengan miedo a expresar lo que les atormenta; siempre en el entorno adecuado y con la/s persona/s idónea/s.

Es bueno entonces realizar actividades de formación para concienciar acerca de estos temas, y favorecer una fluidez en la comunicación para que esta problemática no quede escondida y siga haciendo que esta epidemia silente se siga extendiendo.

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