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Para que los años no nos machaquen, ni sean esa losa pesada, debemos levantarnos con una misión, con retos, con ilusiones, con esperanzas, viendo el lado positivo de las cosas… Quien no se levanta con una misión en la vida, en su día a día, no le cabe más nada que esperar la propia muerte, o en otros casos, el “mirarse para el ombligo” pensándose en el Centro de la Comunidad, de la Congregación, del mundo

La misión no tiene que ver con la edad, o con la patología que uno tiene. Evidentemente la condiciona y la determina parcialmente, pero no quiere decir que la limite totalmente. Una persona postrada en una cama, con multipatologías y limitaciones físicas, puede y debe, encontrar su misión diaria que afrontar: será sonreír, será pensar bien, será ofrecer su situación por aquellos que no pueden afrontarlo en su misma situación, será escuchar a otros, será lo que ellos quieran que sea, pero será. Su cuerpo limitado puede ser Buena Noticia al acoger en sí mismo, el cuidado de otros, su dejarse hacer. Recibiendo esos cuidados con humildad, con paciencia, como don.

Muchas congregaciones llevan en su ADN el carisma misionero, y resulta curioso comprobar que cuando están enfermos, o limitados funcionalmente, pierden esa expresión de lo que son. Parece que la misión la han identificado con estar en África, América o Asia, con los más pobres entre los pobres o llevando a cabo su actividad misional en un colegio, hospital, haciendo un pozo, construyendo, animando… en definitiva, haciendo. Cuando dejan de hacer porque la enfermedad les ha llegado, y ha llamado a su puerta, parece que ya no son, y lo que es más triste, que nunca más volverán a ser. Lo que les identifica es su pasado o lo que han hecho, pero no su presente y menos su futuro. No han encontrado la misión en su día a día, y si la tienen, le dan menos importancia que la que han tenido. Tristemente es así y muchos de ellos lo manifiestan abiertamente.