Una invitación a soltar el control y a confiar, más profundamente, en el Dios que nos ama, nos habita y nos sostiene en medio de la incertidumbre cotidiana.
Por María Eugenia Aguado
Cuántas veces las cosas no suceden como las soñamos o como las planificamos, ¿no es así? Cuántas veces pedimos y pedimos, y parece que nadie nos escucha. Para quienes tenemos fe, aceptar lo que nos sucede no es simplemente un dejarnos llevar o un resignarnos sin más, es algo más profundo. En este aceptar lo que nos sucede se esconde una invitación a reconocer la presencia de Dios a nuestro lado en todo momento, en lo concreto de la vida, en los momentos luminosos y en los más oscuros, y a confiar, sí a confiar aun sin entender.
La paz que nace de aceptar la realidad
Aceptar la realidad desde la fe es reconocer que Dios también actúa ahí, en lo que no habíamos planeado, y es un dejarse transformar, un ensanchar el corazón y alcanzar una libertad y una paz nuevas.
Al hilo de esta breve reflexión quisiéramos hacernos eco de un artículo publicado recientemente por Belén López, miembro del Instituto Humanitate, titulado “La bondad que nace del amor”.
En este artículo que os invitamos a leer, nos habla de María, una mujer licenciada en Filosofía y Teología, con una mente brillante y muy exitosa en el sector empresarial, que sentía que “sus dones reales —esos que retratan el verdadero rostro de una persona— no estaban en los balances de resultados”. En el discurrir de la vida, tras una experiencia espiritual y varias enfermedades, su vida se va despojando de todo lo que no es esencial.
Durante este proceso, nada fácil y muy doloroso, y en la aceptación de su propia fragilidad y la de los demás, no ha dejado de ver la ternura de Dios. Actualmente, cuando ya poco o nada depende de ella ni de sus fuerzas, con una madurez más serena y compasiva, su vida se reduce a amar en lo pequeño, en lo doméstico y cotidiano, sin máscaras, simplemente a ser bondadosa con ella misma y con los demás.
La serenidad de confiar
Como sabéis muy bien, la serenidad no viene solo de aceptar lo inevitable. Nace de algo más profundo: de creer que la historia, la historia de cada uno—también en sus momentos oscuros— está en manos de nuestro Padre que nos ama.
Cuando vivimos desde ahí, aparece una paz distinta. Una paz que no depende de que todo encaje, una paz que convive con la incertidumbre y que te enseña a vivir para lo esencial.
Quizás hoy podríamos preguntarnos: ¿Qué situación de mi vida me está costando aceptar? ¿Dónde puede estar Dios aquí? ¿Qué me está invitando a soltar, a confiar, a aprender? ¿Dónde tengo que derramar mis dones y talentos?