Somos amados de Dios y estamos llamados a dejar que recree en nosotros la luz y la vida que soñó desde el principio de la creación.

Por Roberto Colino, Instituto Humanitate

Estamos ya muy cerca (24 de mayo) de celebrar Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, y quizá sea un buen momento para detenernos y recordar que Dios sigue obrando en nuestra vida, también en medio de nuestros cansancios, dudas, fragilidades o sufrimientos.

En la vida, muchas veces experimentamos una especie de paradoja. Hemos entregado nuestra vida al Señor y, sin embargo, seguimos atravesando momentos de mucha oscuridad interior, desánimo o confusión. Hay días en los que puede que incluso nos preguntemos dónde está Dios cuando lo llamo, cuando le pido un abrazo, cuando le grito que no puedo más o simplemente le recuerdo lo mucho que lo necesito. La canción Huracán de Hakuna nos habla muy bien de ese grito que sale del corazón que está cansado y lleno de preguntas; también son muy interesantes las reflexiones sobre el silencio de Dios que hace Moisés Salgado Gómez, prior del monasterio de Santo Domingo de Silos, en su libro “Cuando Dios hace las maletas” (Grupo editorial Fonte). Pero es precisamente ahí, en medio de nuestra realidad concreta, que actúa el Espíritu Santo.

Pentecostés nos recuerda que el Espíritu no viene solo a consolarnos de vez en cuando, sino a transformar nuestra vida desde dentro. La tradición de la Iglesia lo ha expresado durante siglos con el himno Veni Creator: el Espíritu es fuerza creadora, luz en medio de las sombras y aliento capaz de renovar lo que parecía apagado.

El Espíritu Creador: El paso del Caos al Cosmos

Desde las primeras páginas de la Biblia vemos esta acción del Espíritu. El Génesis describe un mundo “desordenado y vacío”, y sobre ese caos aleteaba el Espíritu de Dios. Él transforma el caos en cosmos, palabra que en griego no significa solo orden, sino belleza y armonía.

Y eso mismo sigue haciendo hoy con nosotros. Nuestro corazón puede parecer a veces un pequeño caos marcado de heridas, cansancios, inseguridades, conflictos, sueños que no se han cumplido… pero el Espíritu Santo, en vez de asustarse o mirar hacia otro lado, entra precisamente ahí para ir dando forma, poco a poco, al proyecto de Dios en nosotros. Allí donde nosotros solo vemos límites, Él sigue viendo posibilidad de vida nueva.

Esto que nos ocurre a nivel personal, también sucede en nuestras comunidades, parroquias o instituciones; todas viven tensiones, diferencias de opinión o momentos difíciles. A veces nos cuesta comprendernos, caminar juntos o aceptar ritmos distintos; sin embargo, el Espíritu Santo sigue trabajando silenciosamente para conducirnos hacia la comunión. Su modus operandi no consiste en eliminar mágicamente las dificultades, sino en convertirlas en ocasión de crecimiento, escucha y fraternidad verdadera.

El fundamento de nuestra Misión: Sabernos “Amados de Dios”

San Pablo, en la Carta a los Romanos, utiliza una expresión preciosa para definirnos: somos “amados de Dios”, ésa es nuestra verdadera identidad. Quizá hemos escuchado muchas veces que debemos amar a Dios, y es verdad, pero antes de todo está la certeza de que Dios nos ama primero. Y no nos ama de manera fría o distante, sino personalmente, profundamente, entrañablemente.

El mismo Evangelio rompe con la idea de un Dios lejano. Nuestro Dios se ha acercado hasta el límite de encarnarse para compartir nuestra vida humana, nuestras alegrías y sufrimientos. San Pablo nos recuerda que nada puede separarnos del amor de Cristo, ni nuestros errores, ni nuestras debilidades, ni los momentos de oscuridad.

Y la fiesta que estamos a punto de celebrar nos recuerda que el Espíritu Santo quiere, precisamente, ayudarnos a vivir desde esa certeza; no somos personas abandonadas a sus fuerzas, sino hijos e hijas profundamente amados.

Invoquemos al Espíritu Santo cada mañana, recuperemos el asombro de sabernos llamados y acompañados por Él, dejémonos amar sin oponer tantas resistencias y aprendamos de la confianza de los niños, que se dejan abrazar sin miedo. Pidámosle que vuelva a poner luz en nuestras sombras, paz en nuestras inquietudes y esperanza en nuestros cansancios; pues sigue haciendo hoy lo mismo que al principio de la creación: transformar el caos en belleza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *