Una invitación a revisar motivaciones, prioridades y profundidad espiritual comunitarias.
Por José Ramón López, Director Operativa
La provocación de una fe desconectada
Una de las expresiones que me impresionó en la 55ª Semana Nacional de Vida Consagrada, fue la de “el ateísmo de la Vida Consagrada”, mencionada por el teólogo salesiano Juan José Bartolomé. Esta expresión encierra una provocación teológica de notable densidad. No se trata, evidentemente, de un ateísmo formal o doctrinal, de la negación explícita de la existencia de Dios, sino de una categoría crítica que apunta a una disonancia entre la profesión de fe y la praxis cotidiana dentro de la vida religiosa. Es, en rigor, una denuncia de la posibilidad de vivir “como si Dios no existiera” incluso en contextos donde su nombre es constantemente invocado.
Desde una perspectiva teológica, esta formulación remite a una tensión clásica: la distancia entre ortodoxia (recta doctrina) y ortopraxis (recta acción). La Vida Consagrada, en cuanto forma institucionalizada de seguimiento radical de Cristo, debería encarnar de modo paradigmático la primacía de Dios en la existencia humana. Sin embargo, Bartolomé sugiere que puede emerger una forma de “ateísmo práctico” cuando las estructuras, rutinas y preocupaciones internas desplazan el centro teologal hacia dimensiones meramente funcionales o autorreferenciales.
Este “ateísmo” no implica necesariamente mala voluntad o pérdida consciente de la fe, sino más bien un proceso de secularización interna. Se manifiesta, por ejemplo, en la absolutización de la eficiencia, en la gestión por la supervivencia institucional, en la reducción de la misión a indicadores cuantificables o en la pérdida del horizonte escatológico que debería orientar toda vocación consagrada. En tales casos, Dios deja de ser el principio unificador de sentido y pasa a ocupar un lugar periférico, casi decorativo.
Cuando se pierde el centro
Conviene subrayar que esta crítica no es externa, sino profundamente eclesial. Se sitúa en la tradición profética que atraviesa la Escritura y la historia de la Iglesia, una llamada constante a la conversión. En este sentido, el “ateísmo de la Vida Consagrada” puede entenderse como una categoría heurística (como capacidad de buscar, descubrir o resolver) que permite identificar síntomas de desgaste espiritual, la rutina vacía, la pérdida de la interioridad, la dificultad para discernir la acción de Dios en la historia concreta.
Desde el punto de vista antropológico, el fenómeno también puede leerse como una forma de alienación. Cuando la identidad vocacional se reduce a roles o funciones, el sujeto corre el riesgo de perder su centro existencial. La relación personal con Dios que debería ser el núcleo de la Vida Consagrada se diluye en una serie de actividades que, aunque legítimas, carecen de una integración profunda. El resultado es una fragmentación de la vida espiritual que puede desembocar en una especie de “agnosticismo operativo”.
Un espejo para la renovación
Ahora bien, la potencia crítica de esta expresión radica también en su capacidad de abrir caminos de renovación. Reconocer la posibilidad de este “ateísmo” implica asumir que la fe no es un estado adquirido de una vez para siempre, sino una relación dinámica que requiere constante reconfiguración. La Vida Consagrada, en este marco, está llamada a redescubrir sus fundamentos, la centralidad de la experiencia de Dios, la primacía de la gracia sobre la eficacia, y la dimensión contemplativa como fuente de toda acción apostólica.
En definitiva, creo y quiero pensar que la categoría propuesta por Bartolomé no busca deslegitimar la Vida Consagrada, sino purificarla. Funciona como un espejo incómodo que obliga a revisar las motivaciones últimas y a discernir si Dios sigue siendo realmente el Absoluto que estructura la existencia. En un contexto cultural marcado por múltiples formas de secularización, esta reflexión adquiere una relevancia particular y nos invita a preguntarnos no solo en qué creemos, sino cómo vivimos aquello en lo que creemos. En esta pregunta, inevitablemente, nos jugamos la autenticidad misma de la vivencia de la fe.