Una celebración que reconoce vocaciones entregadas, testigos silenciosos de esperanza, fidelidad y presencia en medio del mundo.
Por José Ramón López, director Operativa de Fundación Summa Humanitate
La Candelaria: una fiesta de luz compartida
El pasado 2 de febrero, la Iglesia celebró la Fiesta de la Presentación del Señor, conocida popularmente como la Candelaria. Una jornada en la que la luz ocupa el centro: no como adorno, sino como signo.
Para contemplar mejor lo que esta luz significa, os compartimos este sencillo cuento.
En un pueblo pequeño, entre montañas silenciosas, existía una vieja iglesia donde cada 2 de febrero la gente acudía con velas en la mano. Decían que ese día la luz no era solo luz: era promesa.
Aquella mañana, Lucía —una niña curiosa— miraba cómo el sacristán encendía una vela tras otra. Todas brillaban, pero ninguna parecía querer llamar la atención.
—¿Por qué tantas velas iguales? —preguntó.
El anciano sonrió.
—Porque no están hechas para brillar solas.
Durante la celebración, Lucía notó algo extraño: algunas velas ardían con fuerza, otras parecían temblar, y unas pocas se consumían en silencio, casi escondidas. Al final, se acercó a la mesa donde quedaban restos de cera derretida.
Esa noche soñó que la iglesia se quedaba a oscuras. Nadie sabía qué hacer. Entonces, las velas —las mismas de la mañana— comenzaron a hablar.
—Yo me gasté rápido —dijo una—, pero iluminé el camino.
—Yo casi no me moví —susurró otra—, pero sostuve la llama.
—Yo estuve escondida —confesó una tercera—, pero nunca me apagué.
De pronto, la iglesia volvió a llenarse de luz. No venía de una sola vela, sino de todas juntas.
Lucía despertó con el corazón encendido. Corrió a contarle el sueño al sacristán. Él escuchó atento y dijo despacio:
“Así es la vida consagrada. No todas las luces se ven igual.
Algunas enseñan, otras sirven, otras oran en silencio, otras caminan en medio del mundo.
Pero todas existen para lo mismo: que la noche no venza.”
Ese día, Lucía entendió algo que nunca olvidó:
la luz verdadera no se guarda, se entrega; no deslumbra, acompaña; y aunque se consuma, permanece.
Desde entonces, cada Candelaria, cuando sostenía su vela, pensaba lo mismo:
“Tal vez yo también esté llamada a ser una luz que se queda”.
La vida consagrada, don para la Iglesia y para el mundo
En el marco de esta celebración, la Iglesia conmemora también la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, instituida en 1997 por san Juan Pablo II, como una ocasión privilegiada para reconocer y agradecer el don que la vida consagrada representa para la Iglesia y para el mundo.
Desde la Fundación Summa Humanitate, que acompaña y os apoya en el día a día, queremos expresar nuestra más sincera felicitación, unida a una profunda admiración y agradecimiento, a todas las personas que han consagrado su vida al servicio de Dios y de los demás.
De manera muy especial, queremos dirigir nuestro reconocimiento a las religiosas y religiosos de más edad, cuya vida fiel, silenciosa y perseverante es un verdadero testimonio de esperanza. En sus años de entrega, de oración constante y de amor generoso, encontramos una sabiduría que no pasa y una presencia que sigue dando fruto, aun en la fragilidad.
Gracias por una vida ofrecida sin reservas, por haber sembrado bien allí donde fuisteis enviadas y enviados, y por continuar siendo luz, memoria viva y corazón orante de la Iglesia.
Que el Señor renueve en cada uno y cada una la paz, la alegría y la certeza de saberse profundamente amadas y amados.
Con afecto y gratitud,
José Ramón López
2 respuestas
Muy bonito y provechoso.
Gracias, esto me sirve de estímulo, para seguir fielmente, la llamada de Jesús