Más allá de la edad: construyendo puentes para el encuentro

Según sea nuestra mirada podemos empobrecer vínculos, limitar horizontes y distorsionar las relaciones con nuestros mayores.

Por Roberto Colino, Instituto Humanitate

Vivimos en una sociedad que venera lo joven, lo rápido, lo nuevo. En este escenario, la edad se convierte en una etiqueta que no pocas veces se transforma en barrera, juicio o exclusión. A esto lo llamamos edadismo: la discriminación de una persona por razón de su edad. Un fenómeno silencioso, muchas veces invisible, que atraviesa nuestras comunidades, nuestras instituciones… y también la vida de la Iglesia.

¿Qué es el edadismo?

El término edadismo (del inglés ageism) fue acuñado en los años 60 para describir los prejuicios contra las personas mayores. Sin embargo, hoy sabemos que afecta también a personas jóvenes: demasiado mayores para liderar, demasiado jóvenes para opinar. En cualquiera de los casos, el resultado es el mismo: la persona queda reducida a una cifra, a un estereotipo, a un “ya no” o a un “todavía no”.

Se manifiesta en expresiones cotidianas como:

  • “A su edad ya no tiene energías para esto”
  • “No tiene la experiencia suficiente”
  • “Siempre lo hemos hecho así”

Son frases aparentemente inofensivas que, sin embargo, limitan la participación, la creatividad y la dignidad de quienes las reciben.


El edadismo en la vida eclesial

También en la Iglesia podemos caer en formas sutiles de edadismo:

  • Cuando relegamos a los mayores a lo decorativo o conmemorativo.
  • Cuando descartamos propuestas de jóvenes “porque no conocen la vida real”.
  • Cuando las estructuras de participación permanecen cerradas para los más nuevos, o cuando no damos voz a los más veteranos.

Jesús no miraba el carnet de identidad. Llamó a un pescador anciano (Pedro) para encabezar su Iglesia, y a un adolescente (Juan) para recostar su cabeza en su pecho. No discriminaba por edad, sino que discernía el corazón.

El Papa Francisco lo denunció con claridad: “El abandono de los ancianos es un pecado moderno. No nos olvidemos de ellos, son nuestra memoria” (Audiencia General, 23 de marzo 2022). Y con igual fuerza nos recordaba que los jóvenes no son solo el “futuro”, sino el presente que Dios quiere fecundo ahora.


La vejez como etapa de plenitud

Lejos de ser un tiempo de desgaste o inutilidad, la vejez puede ser una etapa fecunda, luminosa y significativa. La historia nos regala numerosos ejemplos: la solidez del pensamiento de Platón o Aristóteles en su madurez; el compromiso social de Madre Teresa de Calcuta o el Papa Juan Pablo II, cuya palabra sigue interpelando a millones desde la sabiduría ganada con los años. Muchos santos han vivido su vocación con mayor hondura en la ancianidad. La edad, cuando se vive desde la profundidad y el sentido, puede ser un lugar privilegiado de libertad, discernimiento y servicio.

Construir comunidades intergeneracionales

Frente al edadismo, necesitamos cultivar una cultura del encuentro entre generaciones. Donde los mayores sean fuente de sabiduría y referencia, no reliquias decorativas. Donde los jóvenes sean novedad, y no “aprendices eternos”.

  • Escuchemos sus historias.
  • Impulsemos su protagonismo.
  • Confiemos tareas, responsabilidades y espacios de decisión a todas las edades.
  • Animemos el trabajo pastoral conjunto: mayores con jóvenes, formadores con novicios, abuelas con catequistas.

El Reino de Dios no se construye con la “edad ideal”, sino con corazones dispuestos y comunidades inclusivas. Como nos recuerda el profeta Joel: “Vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 3,1).

No sobra nadie. La Iglesia necesita de todos: de la ternura de los mayores, de la fuerza de los jóvenes, y del puente entre ambos que se construye cuando vencemos el edadismo.

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