Cuando el poder suplanta al servicio, la credibilidad se desvanece. Urge purificar estructuras, sanar heridas y encarnar con fidelidad el Evangelio.
Por José Ramón López
No pretendo con este artículo crear escándalo o generar malestar en nadie. Mirémoslo desde una autocrítica constructiva que nos permita reflexionar, avanzar, construir y ser creíbles. Abrir los ojos desde dentro de la Iglesia sin panfletos ni vendas que nos diluyan la mirada, intentando ser coherentes con lo que predicamos, profundizando en nuestro compromiso como bautizados (que es lo que nos iguala a todos los cristianos). El Papa Francisco nos ha dado grandes enseñanzas al respecto.
En una reciente visita a Roma tuve la oportunidad de comer y dialogar con un buen amigo mío, otra persona que es trabajador del Vaticano y un cardenal amigo de los dos anteriores.
En esta mesa, distendida, franca y directa, como si todos nos conociésemos de toda la vida, brota la reflexión sobre la situación de la Iglesia y algunos de sus males endémicos. El cardenal que nos acompañaba resume con una autoridad que se desprende de sus palabras, con docto magisterio y sobre todo con mucha y sorprendente humildad, los males de la Iglesia universal. Los concentra en cuatro:
El primer mal: El clericalismo escalonado
La idea perversa de que el clero estamos por encima de los fieles, de los laicos y de los religiosos. Ojo, que habla de que este mal es escalonado y no olvidemos que quien profundiza en esto es un cardenal. Lo explica así:
Los “diablos” de rojo púrpura escarlata (esos somos nosotros los cardenales, arzobispos, obispos) nos creemos revestidos de un poder que nos permite manejar los hilos de la Iglesia a nuestro libre albedrío, manipulando, confabulando, e incluso mintiendo descaradamente. Nos creemos incluso con potestad de mantener o hacer caer al propio Santo Padre: aquí nos habla de las dificultades que el Papa ha tenido y, en menor medida, para poder implementar reformas estructurales en el Vaticano y en la Iglesia. Nos habla también de que “nuestra incoherencia vital nos hace sufrir el descrédito absoluto a nivel social”. Nos lo tenemos que hacer mirar porque si perdemos el horizonte del evangelio lo hemos perdido todo y honestamente, el poder cuando no se entiende desde el servicio humilde y sacrificado, puede llevar a interpretarse como la capacidad de una persona o un grupo de personas de hacer que algo ocurra para servicio propio. Si llegamos ahí nos hemos dejado corromper.
Después están los curas. Los sacerdotes se creen revestidos de este mismo poder con respecto a los fieles laicos y en las responsabilidades que les toca asumir a nivel diocesano.
Después los religiosos/as. Este poder lo ejercen también con sus contratados laicos, profesores en sus colegios, alumnos e incluso compañeros religiosos… Muchos religiosos son más clericales que los propios sacerdotes o cardenales. El abuso de poder está más presente que nunca y es sibilino, pero otras veces muy tosco.
El borreguismo de los laicos. No discuten nada, se han adaptado a un sistema donde confunden la fidelidad con la falta de crítica o de liderazgo, donde viven más cómodos sin discutirlo y por lo tanto viven una fe inmadura y sometida a los de arriba (que “les dan golpes” por todos lados: obispos, sacerdotes y religiosos) pero que no les incomoda dado que eso tranquiliza su conciencia y viven sujetos a la tradición.
No olvidemos que el Papa Francisco ha sido el más crítico con este clericalismo escalonado, hablando del mismo como “el cáncer de la Iglesia”. Considerarse superior es en sí un mal tan profundo y dañino que ha llevado a las mayores atrocidades dentro de la propia Iglesia y que la destruye lentamente.
Incoherencia, poder e historia: Un espejo incómodo
El segundo gran mal, ligado a este primero, es la incoherencia vital en lo esencial. Todos somos algo incoherentes en la vida. La coherencia plena es inexistente, pero mientras que no profundicemos en ser creíbles, seguiremos yendo de capa caída. Ser cristiano significa dar testimonio de Jesucristo: es una persona que «piensa como cristiano, siente como cristiano y actúa como cristiano. Y esta es la coherencia de vida de un cristiano». Francisco ha observado que uno puede decir también que tiene fe «pero si falta una de estas cosas, no está el cristiano», «hay algo que no va, hay una cierta incoherencia». Y los cristianos, «que viven ordinariamente, comúnmente en la incoherencia, hacen mucho mal» y cuando esta incoherencia es de los propios curas, mucho más.
No se puede predicar el valor de la pobreza viviendo como un rico que no me falta de nada ni comparto nada de lo que tengo; no se puede predicar el valor de la honradez cuando actúo como un corrupto (por ejemplo tratando a los empleados como esclavos, no pagándole lo justo o simplemente abonando su salario sin cotizar a la Seguridad Social); no puedo hablar de transparencia cuando tengo doble vida y ya no me reconozco ni quien soy yo mismo; no puedo hablar de alegría del evangelio si vivo constantemente amargado; no puedo hablar de libertad si estoy sometido y subyugado a mis pasiones, vicios, manías…
El tercer gran mal es la asociación entre la Iglesia y el poder. En la historia de la Iglesia universal, puede establecerse la diferencia entre un antes y un después de Constantino el Grande, emperador del Imperio Romano entre los años 306 y 337. Aunque se le puede recordar por una serie de cambios gubernamentales, Constantino tiene una significación particular, por ser el primer emperador en convertirse al cristianismo. Las repercusiones políticas de este acto marcarían un punto de inflexión en la trayectoria de la comprensión de la ética cristiana. En efecto, con Constantino se inició un proceso de alianza entre Iglesia y Estado que modificó sustancialmente la comprensión de sí misma y de su rol en la sociedad. Al pasar de ser una religión minoritaria perseguida a una religión de Estado, el cristianismo se volvió una religión del poder. Eso es letal. La Iglesia no puede estar con el poder, no puede ser ni ella misma un poder, sino ejercer al ejemplo de Jesús: “El que quiera ser el más importante entre vosotros, que se haga el servidor de todos; y el que quiera ser el primero, que se haga siervo de todos. Así como el Hijo del Hombre no vino para que lo sirvieran, sino para servir y dar su vida como rescate de una muchedumbre» (Mt 20,26-28).
El miedo: El enemigo silencioso
Y el cuarto gran mal el la Iglesia es el miedo. Habla del miedo como un mal. Hay que ser justos. A veces la teología ha tenido toda la intencionalidad de manejar a las personas desde el miedo y el temor porque es más sencillo que hacerlo desde la gracia de Aquel que colgado de un madero y resucitado ha dado pleno sentido a todas las vidas. La resurrección tiene más fuerza que el mal y la muerte, por eso ésta última nunca vencerá a la primera.
El filósofo español Julián Marías, decía que el cristianismo es un camino de salvación que ha puesto a los individuos humanos en la alternativa tremenda y rigorosa de salvarse o condenarse. Cuando la condena queda iluminada por la VIDA, pierde sentido, por lo que el miedo no forma parte de la ecuación de los cristianos, a pesar de haber sido educados así y aun hoy manteniendo algunos discursos que hablan de ello.
El miedo es el cáncer de los seguidores de Cristo, el miedo los tenía atenazados en sus casas, el miedo solo se difuminó con la Resurrección. Y si ya ha resucitado, ¿por qué seguimos teniendo miedo?