Cada dificultad compartida en comunidad puede transformarse en ocasión para sanar, aprender y fortalecer vínculos humanos y espirituales

Por Antonio de Fuertes, Psicólogo humanista

La vida en comunidad puede ser motivo de alegría en muchos momentos; sin embargo, en ocasiones, determinadas circunstancias pueden socavar su armonía y equilibrio y desencadenar una crisis. Es lo que puede ocurrir, por ejemplo, ante la aparición de conflictos interpersonales que se traducen en relaciones difíciles o cuando se presenta la enfermedad mental o el deterioro físico en alguno de sus miembros.

¿Estamos preparados para afrontar y responder ante tales situaciones?

En toda comunidad existe un alto potencial para dar una respuesta positiva ante cualquier desafío que pueda presentarse. Para ello es muy importante, no sólo abordar el problema cuando se presente, sino trabajar diariamente para promover formas de relación que favorezcan la promoción y prevención de la salud de todos sus miembros y faciliten una intervención paliativa cuando sea necesario.

Queremos ofrecer una respuesta positiva y eficaz ante el sufrimiento, pero a veces, desconocemos la mejor forma de hacerlo. ¿Cuántas veces nos anclamos en la negación del problema o pensamos en cosas que no nos ayudan a resolverlo? ¡Quizá proyectamos sobre el otro nuestros miedos o frustraciones, culpamos a otros de lo que nos pasa o incluso a nosotros mismos, y caemos en la desesperanza! Sin embargo, hay otro camino, amoroso y bello, que pasa por mirar de frente la dificultad y abordarla desde un enfoque equilibrado que reconozca el valioso recurso de la espiritualidad.

Al mismo tiempo, es conveniente recibir el asesoramiento adecuado para aprender a reconocer y detectar, precozmente, cualquier indicio de un posible trastorno o enfermedad mental y facilitar su abordaje, así como trabajar diariamente en la construcción de redes de apoyo social y emocional.

Se trata de poner en práctica hábitos y estilos de vida saludables al tiempo que desarrollamos los recursos protectores que la comunidad nos ofrece y, por supuesto, de pedir ayuda cuando consideremos que estos son insuficientes para afrontar el problema. Algunos asuntos exigen una actuación sin demora, pues se agravan con el tiempo y se manifiestan también en el mundo interior de la persona. Acoger esa realidad forma parte de la solución.

Es una gran oportunidad de crecimiento la que se nos presenta con cada dificultad. Ahí surge la posibilidad de cambiar nuestra mirada, de abrir nuestro corazón y de ser la persona que estamos llamados a ser. De ello nos beneficiaremos nosotros mismos y la comunidad en su conjunto. ¡Cuánto amor podemos dar en medio del dolor! Quien levanta a otros es enaltecido.

Una realidad muy presente en las comunidades suele ser la aparición de trastornos de salud mental que suponen un deterioro cognitivo para la persona. Estas personas ven muy mermadas sus funciones y acaban por necesitar la presencia de uno o varios cuidadores que las atiendan. Por ello, es fundamental saber cómo abordar este tipo de casos para ofrecer la atención que la persona requiere y, al mismo tiempo, integrar su cuidado en la vida comunitaria para que esta se normalice tanto como sea posible.

En este sentido es muy importante que, quienes vayan a cuidar sean conocedores de la enfermedad que padece la persona afectada. Asimismo, es importante que tengan integradas una serie de habilidades tales como: la comunicación empática, tanto verbal como no verbal; la escucha activa y, por supuesto, una gran sensibilidad y humanidad, entre otras.

Algunos aspectos a señalar, que pueden ayudarnos, son los siguientes:

  • Dirigirse a la persona de frente, nos situaremos en la línea de sus ojos dejando que nos vea y pueda reconocernos.
  • Potenciaremos también la comunicación no verbal manifestando cercanía física y afecto como caricias y sostenerle las manos.
  • Usaremos un lenguaje sencillo, con palabras que la persona pueda reconocer fácilmente.
  • Lo haremos en un tono de voz suave y tranquilo.
  • Potenciaremos también la comunicación no verbal manifestando cercanía física y afecto como caricias y sostenerle las manos.

En general, nos adaptamos a su ritmo y a sus necesidades y procuramos facilitar que la persona se exprese y se encuentre adaptada, cómoda y segura en su entorno.

No olvidemos al cuidador, que también requiere descanso y apoyo emocional. Cuidar de él es parte esencial del bienestar común y permite mejorar la calidad de vida de la persona enferma, de quienes la atienden y de toda la comunidad.

A veces, puede ser que este tipo de situaciones excedan nuestros recursos para afrontarlas. En tales casos, es conveniente solicitar apoyo cualificado o la atención de un profesional.

En cualquier caso, existen diferentes recursos que pueden ayudarnos a mejorar la calidad de vida de la persona enferma, de sus cuidadores y de la comunidad en la que se encuentran. Recibir una adecuada formación y asesoramiento en este sentido resultará beneficioso para todos.

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