Os voy a compartir una historia especialmente bella, un hecho real que me han contado este verano y que me reafirma en la importancia bienhechora de los vínculos, sobre todo de aquellos que permanecen más allá de los sinsabores de la vida, de la distancia e incluso de la memoria que se ha ido vaciando y ya no puede explicarlos.
Por María Eugenia Aguado
A mediados del siglo pasado, Ana y Clara eran dos niñas que crecían en el mismo barrio de Sevilla. Eran amigas inseparables. Compartían juegos, confidencias, sueños y esa amistad de la infancia en la que parece imposible imaginar la vida sin la otra.
Cuando tenían dieciséis años, Ana confió a Clara algo que llevaba tiempo creciendo en su interior: sentía que el Señor la llamaba a la vida religiosa y había decidido entrar en una congregación. Lo haría apenas un mes después.
Clara no necesitó mucho tiempo para pensarlo. Si Ana se iba, ella también quería ir. Quería saber cuándo entrarían y en qué congregación. Y así, casi de la mano como habían hecho tantas otras cosas, comenzaron juntas una aventura que habría de durar toda la vida.
La familia de Clara puso una única condición: permitirían su entrada siempre que no la destinaran fuera de Sevilla. La congregación aceptó y, con el paso de los años, los caminos de las dos amigas tomaron rumbos muy diferentes.
Ana sintió la llamada misionera y fue destinada a distintos países de América Latina. Clara, en cambio, permaneció siempre en Sevilla, al cuidado de los enfermos y moribundos.
Aquellas dos adolescentes que habían entrado juntas en la vida religiosa pasaron casi cincuenta años separadas por miles de kilómetros. Sin embargo, nunca dejaron de acompañarse. Se escribían continuamente, casi una carta diaria. En aquellas páginas fueron compartiendo sus pequeñas y grandes historias: las dificultades de la misión, las alegrías de la comunidad, sus dudas y cansancios, sus sentimientos y, sobre todo, aquel deseo juvenil que seguía acompañándolas: ser fieles a su vocación y crecer en santidad.
Las cartas hicieron durante décadas lo que ellas no podían hacer físicamente: mantenerse cerca.
Después de casi cincuenta años, la vida volvió a reunirlas en la casa madre de Sevilla. Ya eran dos religiosas ancianas y ambas padecían Alzheimer.
La enfermedad fue borrando nombres, lugares, acontecimientos y rostros. También fue borrando aquella historia compartida. Ana ya no sabe quién es Clara. Clara tampoco reconoce a Ana. Probablemente ninguna recuerde aquel barrio sevillano, la conversación de los dieciséis años, los países lejanos ni las miles de cartas que durante medio siglo viajaron de una a otra.
Y, sin embargo, sucede algo sorprendente. Cuando están en la sala con las demás hermanas, procuran sentarse juntas. Nadie se lo pide. Nadie les recuerda que fueron amigas. Simplemente se buscan. Se sientan una junto a la otra, se miran y, con frecuencia, sonríen.
Quizá la ternura tenga también algo de esto.
Hay momentos de la vida en los que ya no podemos recordar lo que hemos amado, explicar por qué alguien es importante para nosotros o devolver conscientemente todo el bien recibido. La vulnerabilidad puede llegar incluso a despojarnos de nuestra propia historia. Pero estas dos hermanas parecen recordarnos que una vida entera de amor deja huellas más profundas que nuestros recuerdos.
Ana y Clara ya no pueden contarse sus deseos de santidad. Ya no pueden escribirse cartas. Ni siquiera saben el nombre de la mujer que tienen sentada al lado. Pero todavía pueden acercarse, mirarse y sonreír.
Y quizá, después de toda una vida, eso también sea la ternura: seguir reconociéndose de alguna manera cuando la memoria ya ha olvidado; saber estar cerca, acompañarse sin prisa en la fragilidad.
No sé que pensáis, pero yo creo que comprendieron que todavía les quedaba una tarea importante: quererse bien hasta el final. Creo que saben que la esperanza en la última etapa de la vida no consiste necesariamente en esperar que todo mejore, sino en descubrir que, aun cuando se pierden fuerzas, autonomía o memoria, siempre queda amor por recibir y amor por entregar.
6 respuestas
Muchas gracias. Es real. Creo que sólo se pierde lo que no se da.
Que maravilla!!! Me ha encantado.
Me ha encantado la historia .Esto confirma que el amor no se acaba, no tiene fin.
Q UIERO AGRADECER ESTA REFLEXION TAN PROFUNDA Y TAN LLENA DE DIOS LA VIDA NOS VA ENSENANDO A VIVIR MEJOR Y EN DIOS
Muy bonita historia, es muy real, pasa lo mismo con los padres cuando son mayores.
muchas gracias una historia llena de ternura