Esta es la historia de Grégoire Ahongbonon, un hombre de profunda fe y compasión, que dedica su vida a liberar y dignificar a enfermos mentales encadenados en África occidental.
Por María Eugenia Aguado, directora de Instituto Humanitate.
El otro día leí un artículo muy interesante titulado “Los medicos del alma: el Proyecto Grégoire”, de Sofía Kuhlmann , del periódico digital Mirada 21, que me interpeló por su clarividencia y contundencia : “No puedes curar a quien no amas”.
Permitidme un breve resumen. La historia de su proyecto nace de su propia herida. Tras emigrar a Costa de Marfil, Grégoire trabajó como mecánico, pero una crisis personal y económica lo llevó a una depresión profunda. Vivió en carne propia el abandono y la soledad que padecen los enfermos mentales en África, donde son considerados poseídos o malditos, y frecuentemente encadenados, incluso dentro de hospitales. Esa experiencia le reveló el grado de deshumanización que sufrían millones de personas.
Después de un viaje a Tierra Santa, Grégoire experimentó una conversión personal y decidió dedicar su vida a romper las cadenas físicas y simbólicas que atan a quienes sufren trastornos mentales, víctimas del miedo, la exclusión y el estigma. Comenzó a visitar a los enfermos, a sentarse junto a quienes estaban atados o abandonados, simplemente acompañándolos. En 1991 fundó la Asociación Saint Camille de Lellis, que hoy cuenta con 18 centros de atención y 21 comunitarios en Costa de Marfil, Benín y Togo. A través de estos espacios se ha atendido a más de 100.000 personas, incluyendo enfermos mentales, adictos y personas sin recursos.
Curar empieza por desencadenar
El método de Grégoire consiste en un modelo de curación circular, que parte de una idea simple: devolver la dignidad antes de aplicar cualquier tratamiento o medicinas. Cuando un enfermo llega, lo primero es vestirlo, alimentarlo y mirarlo con respeto, recordándole que sigue siendo persona. Después es cuando comienza el tratamiento médico o psicológico.
Curar conlleva empatizar
Los inicios para Gregoire no fueron nada fáciles, la falta de recursos casi llevó al cierre del primer centro. Sin embargo, Grégoire tuvo una intuición que transformó el proyecto: los antiguos pacientes serían quienes cuidarían de los nuevos. De este modo, las personas recuperadas se convirtieron en cuidadores, enfermeros y acompañantes. Su experiencia directa les daba una empatía y comprensión imposibles de aprender en un aula. Así, la mayoría del personal de Saint Camille está formado por ex-enfermos que fueron capacitados por médicos de distintos países.
Grégoire descubrió que el trabajo era también una forma esencial de sanación. En contra de los prejuicios que consideran incapaces a los enfermos mentales, él sostiene que el empleo da sentido, responsabilidad y autoestima. Como repite: “La mejor forma de matar a un hombre vivo es pagarle para que no haga nada”.
Curar te lleva al reencuentro
El proceso de recuperación culmina con la reintegración familiar y social. A través de campañas de concienciación, los equipos del centro visitan comunidades para explicar que la enfermedad mental no es una maldición. Del mismo modo, ayudan a los pacientes a perdonar a sus familias, que muchas veces actuaron movidas por el miedo. La reconciliación se celebra con una fiesta cuando el enfermo vuelve a casa.
Más allá de medicamentos o diagnósticos, Grégoire afirma que el amor y la confianza son el verdadero motor de toda curación. No se trata únicamente de poner el foco en curar una enfermedad, – en este caso mental, más allá del miedo, los prejuicios y la ignorancia-, sino de mirar y acompañar a toda la persona, con su interioridad, su dignidad y su anhelo de amar y ser amado.
¿Qué interrogantes nos plantea este artículo?
- ¿Conocemos las cadenas de las personas mayores enfermas que viven en nuestras casas?
- ¿Cómo les podemos ayudar a soltarlas?
- ¿Somos capaces de empatizar profundamente?
- ¿Nuestra presencia y cercanía es liberadora?
- ¿ Les transmite esperanza, les transmite que son amados?
Recomiendo la lectura de otro artículo: “Acompañar el alma también cura”, del director de la Fundación Dignia, Borja Castillo