Una experiencia compartida de servicio, cuidado mutuo y esperanza.
Este mes vamos a recoger un par de testimonios de hermanas que, como prioras o cuidadoras activas de una comunidad de hermanas mayores, sirven a sus hermanas dejándose la piel sin morir en el intento. A petición del Instituto, cada una nos ofrece su experiencia con toda sencillez, deseando que pueda resultar de utilidad para otras hermanas que están en su misma situación.
En esta ocasión os presentamos el testimonio de la hermana Carmen Sendino, religiosa dominica de la enseñanza:
En mi caminar de cada día, en las diferentes etapas de mi vida, Dios siempre me ha sorprendido y me ha guiado con su Palabra. Cuando, por primera vez, empecé este camino de servicio a las hermanas, como Priora de la comunidad, que para mí era algo desconocido, sentí un poco de miedo, por si no sabía hacer mi misión, y volví a orar con este Salmo 37, que me ha acompañado y hoy me sigue acompañando:
“Ten confianza en Yahveh y obra el bien, vive en la tierra y crece en paz. Haz de Yahveh tus delicias, y te dará lo que tu corazón desea. Encomienda a Yahveh tus caminos, confía en Él, y Él obrará; vive en calma ante Yahveh, espera en él”.
Así comencé mi misión, con el deseo de construir comunidad, aceptar a cada hermana como es y aportar todo lo que soy al servicio de la comunidad; esos dones que he recibido de Dios para entregarlos, y también aceptar mis limitaciones. Quería y quiero, desde la realidad de lo que somos, crear un buen clima comunitario en el que todas pudiésemos crecer; en una palabra, revitalizarnos mutuamente. En el fondo, no es tan complicado: se trata de cuidarnos y cuidar a las demás, crear un clima que sostenga la vida, cultivar encuentros para acompañarnos, mirarnos reconociéndonos y valorándonos.
Revitalizarnos es, en primer lugar —y fundamental para mí como dominica—, cultivarnos por dentro, buscar a Dios en el interior. Cultivar ese encuentro personal con Jesús, como alguien vivo que cada día me acompaña y me dice: camino contigo, no tengas miedo, ven y sígueme. Esta relación afectiva y cordial con Jesús es capaz de transformarme y generar en mí una manera nueva de ser y vivir.
Revitalizarnos es juntarnos para rezar, para escuchar la Palabra de Dios y la palabra de las hermanas, para que sea una oración que nos transforme, que nos ayude a compartir nuestro interior, lo que vivimos y sentimos; todo eso enriquece nuestra vida diaria. Es verdad que algunas hermanas están acostumbradas a orar de otra forma y esto les cuesta un poco, pero he visto que compartir lo que vivimos nos enriquece, nos da vida y nos acerca más entre nosotras.
Revitalizarnos es conocerse —cada una como es— y conocer a las hermanas como son. Es importante promover dinámicas, encuentros o espacios informales donde dedicamos tiempo a conocernos más profundamente, escucharnos y ayudarnos a vivir nuestra vida con sentido, desde los dones que Dios ha puesto en cada una para compartirlos con las demás.
Es también necesario buscar momentos oportunos para “hablar de tú a tú” y vivir la escucha compasiva entre las hermanas. Sostener su sufrimiento, escuchar sus necesidades y expresar las mías; estar al lado, caminar con ella, construir comunidad. Acompañarnos, cuidar y cuidarnos, y también disfrutar juntas de los “espacios verdes”, de los momentos de fiesta. Hay que salir fuera, regalarse espacios lúdicos, de paseo, de ocio compartido… Tenemos que reaprender a “perder el tiempo” en compañía de las hermanas y percibirlo como una oportunidad de enriquecimiento personal.
La clave que nos llena de vida pasa por descubrir el amor que llevamos dentro, que nos habita, y sentirnos mutuamente amadas, tenidas en cuenta y aceptadas. No se trata de hacer grandes cosas, sino de aprovechar el vivir cotidiano y ser presencia para las hermanas con pequeños gestos. Nuestra convivencia nos ha de llevar a crear lazos de comunión, a iluminar como rayos de luz el camino de las hermanas. No se trata tanto de hacer muchas cosas, sino de SER.
Que sigamos conectadas a la fuente, que es Jesús. Conectadas a ese Dios sostenedor y cuidador, que emerge siempre en nuestra vida para acompañarnos y guiarnos en nuestro caminar diario, y que nos invita a “alzar la mirada”.