Cuidar cuerpo, alma y espíritu es una responsabilidad cristiana que refleja gratitud y fidelidad al don de la vida.
Por José Ramón López
Seré directo y espero que con ello reflexionemos sobre la responsabilidad que tenemos hacia nuestro propio cuerpo. Lo hago porque cuidarse requiere conciencia de la importancia que ello tiene y de la responsabilidad que tenemos en ello. Nadie que no seamos nosotros mismos tiene responsabilidad sobre nuestro cuidado físico, emocional, espiritual y relacional. Lo haré con una serie de principios que creo que todos compartimos:
1. Los cristianos creemos que los seres humanos somos un compendio de cuerpo, alma y espíritu, donde el cuerpo es la parte física, el alma abarca la mente, las emociones y la voluntad, y el espíritu es el aspecto que se conecta con la divinidad. Estas tres partes forman una unidad integral que, según algunas interpretaciones, deben ser cuidadas y fortalecidas para vivir en plenitud. Están interconectadas y se afectan entre sí.
2. Por lo tanto, somos creados por Dios con un cuerpo. ¿Cierto verdad? No nos ha creado en una máquina a la que hay que poner gasolina, o en un árbol que no se mueve del lugar donde ha sido enraizado, o no nos creó en una estrella, o en un libro que se toca, manosea y no piensa… Nos creó con un cuerpo, por cierto, increíblemente bien formado y maravillosamente articulado para que funcione.
3. Los creyentes y lectores de la Sagrada Escritura leemos “que tu cuerpo es un templo del Espíritu Santo” ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios. Fácil, ¿verdad? Si profesas seguir al Señor Jesucristo, tu cuerpo se ha convertido en un templo para su espíritu. Por lo tanto, tenemos la obligación de cuidarlo, velarlo y formarlo.
4. ¿Qué significa que tenemos que cuidar nuestro templo? Cuidar el cuerpo como un “templo” implica honrarlo y respetarlo como un regalo sagrado, gestionando de manera responsable la alimentación, el descanso y el estado físico para mantenerlo sano y digno de albergar al Espíritu Santo. Se trata de adoptar hábitos que reflejen gratitud por la vida y el cuerpo que Dios nos ha dado, evitando aquello que lo dañe física o espiritualmente.
Alimentación: Consumir alimentos adecuados y en las cantidades correctas. Cuidar nuestra alimentación requiere preguntarnos sobre qué comemos, o no comemos, qué caprichos nocivos le damos a nuestro organismo, si somos responsables con una alimentación sana y adecuada a nuestras patologías y morfología…
Salud física: Mantener el cuerpo en un buen estado físico a través del ejercicio regular para poder servir a Dios y honrar su nombre. ¿Cómo es nuestra salud física? ¿Hacemos algo de ejercicio? ¿Nos movemos? ¿Hacemos esfuerzos para que nuestro cuerpo se mantenga activo en función de nuestra edad, patologías y necesidades?
Respeto: Tratar al cuerpo con respeto y reverencia, reconociendo que es un don sagrado que nos permite vivir y sentir.
Integridad: Cultivar la integridad, la inocencia y la privacidad para fortalecer nuestra relación con Dios, como sugiere la Biblia en pasajes como 1 Corintios 6:19-20.
Descanso: Permitidme que me centre en ello, porque el descanso es para cuidarnos, descansar como parte de esta responsabilidad, introduciendo espacios de descanso obligatorios en nuestra vida. Quien no descansa adecuadamente, atenta contra el cuerpo, enmascarando esta falta de descanso en la asunción de responsabilidades, como si nuestra obligación fuese el trabajar, el estar, el mirar hacia los demás constantemente, el renunciar a mi propia vida, incluso el renunciar a nuestro cuerpo… Esta expresión ha hecho mucho daño y es contraria a la Sagrada Escritura. Infartos, problemas cardíacos, obesidad, diabetes… son derivadas muchas veces de esta falta de descanso.
Parte de la responsabilidad del cuidador es descansar y desconectar. Cuando cuido y estoy pendiente de personas, religiosos y religiosas, hermanos de comunidad, en esa organización del cuidado tengo que introducir tiempos de descanso.
¿Dedicas tiempo cada día a andar, pasear, leer o rezar con paz…?
¿Eres capaz de salir de tu casa de Hermanos mayores sin cargo de conciencia?
¿Ves el descanso como un lujo o como una necesidad?
¿Te sientes culpable por descansar?
Son preguntas que te tienes que hacer y revisar tu mirada. Si tu mirada tiende a ver solo tu responsabilidad y ponerla por encima de tu autocuidado, reflexiona, piensa por qué es y adónde te puede llevar y si estás siendo realmente fiel a tu relación con Dios, que te pide cuidar el templo de tu cuerpo.