Quizás el mejor regalo de la Navidad, la verdadera adoración al Niño Dios, más allá de los regalos materiales, sea la generosidad y el sacrificio por los demás.

Por Roberto Colino, Instituto Humanitate.

La historia del cuarto Rey Mago

Te cuento de qué va la historia tan entrañable y profunda de este artículo. Si no conoces la novela de Michel Tournier, te resumo la historia. El cuarto Rey Mago es una leyenda cristiana apócrifa centrada en Artabán, un sabio persa, que al ver la estrella, quiso unirse a los otros tres magos, llevando tres joyas preciosas (un zafiro, un rubí y una perla) como ofrendas para el Mesías. A diferencia de Melchor, Gaspar y Baltasar, nunca llegó a Belén a tiempo.

La primera vez, se encontró con un hombre enfermo y le ofreció su zafiro para curarlo, perdiendo tiempo crucial. 

En la segunda ocasión, al llegar a Belén, los otros magos ya se habían ido. Se enteró de la orden de Herodes y, al ver a un soldado a punto de matar a un niño, le dio su rubí para salvarlo, siendo encarcelado por ello. 

Tras 30 años, fue liberado y buscó a Jesús, pero encontró a una joven a punto de ser vendida como esclava y usó su última joya (la perla) para comprar su libertad. 

Ya anciano y casi ciego, vagó por Jerusalén. En la crucifixión, escuchó una voz que le decía que lo que había hecho por los demás, lo había hecho por Él. Artabán murió en paz, sintiendo la presencia de Jesús, aunque nunca lo vio físicamente como niño. 

Como toda parábola, ésta también tiene su moraleja, que me gustaría compartir con vosotros.

En el camino, Artabán se detiene a ayudar. Resultado inevitable: llega tarde. Lejos de rendirse, emprende una larga búsqueda que se extiende durante años. Recorre el mundo encontrándose con los pobres, los enfermos, los olvidados y los perseguidos. Poco a poco comprende que cada gesto de misericordia que realizó en el camino fue, en realidad, una forma de encuentro con el propio Cristo.

Al final, ya anciano, Artabán descubre que su mejor regalo no fueron las tres joyas (que ya no tenía), sino su tiempo, su cuidado y su compasión. Entiende que quien sirve a los más pequeños sirve al Rey que nunca llegó a ver en el pesebre.

El mejor regalo: cuidar al hermano que camina a tu lado

En la vida religiosa hablamos con frecuencia de misión, de proyectos, de obras, de horizontes que nos trascienden. Y está bien. Sin embargo, hay un terreno donde se juega la autenticidad de nuestra consagración: la vida compartida, el cuidado real —no ideal— de los hermanos y hermanas de comunidad.

Cuidar no es una tarea añadida. Es el suelo que se riega cada día para que todo lo demás pueda crecer. Sin ese riego constante, la comunidad se agrieta, aunque las actividades florezcan hacia fuera.

El cuidado comienza por lo sencillo: acompañar en silencio, escuchar sin prisas, mirar sin juicio. Continúa en lo menos vistoso: respetar los ritmos, sostener las fragilidades, cargar con los límites del otro. Y alcanza su madurez cuando se convierte en actitud estable: “tu bien me importa”, incluso cuando no coincides conmigo, incluso cuando me incomodas.

En un tiempo marcado por el cansancio, el envejecimiento de muchas comunidades y la sobrecarga emocional, el cuidado mutuo no es un lujo espiritual: es una urgencia evangélica. Donde no se cuida a las personas, la vida consagrada se vuelve funcional, y tarde o temprano se vacía por dentro. ¿No te parece?

Jesús no pidió grandes gestas heroicas a quienes le seguían. Pidió algo más incómodo y más verdadero: “Ámense unos a otros”. Y lo dijo sabiendo que ese “unos a otros” incluye caracteres difíciles, historias heridas y días torcidos.

Quizá hoy el gesto más fecundo no sea hacer más, sino cuidar mejor, apostar por relaciones que sanan, convertir la comunidad en un espacio habitable, donde se pueda descansar siendo uno mismo.

Porque, al final, el rostro de Cristo se parece mucho al rostro del hermano que comparte nuestra mesa, nuestra oración y nuestras limitaciones. Y ahora, la pregunta que no conviene esquivar:


¿Qué regalo vas a hacer a Jesucristo hoy, pensando en el prójimo, en tu hermano o hermana de comunidad?

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