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En nuestra familia el office es un lugar de encuentro donde compartimos muchos momentos, no solo cocinamos y comemos, también hacemos deberes, jugamos, celebramos, trabajamos, charlamos, rezamos, bailamos, preparamos sorpresas, … un sinfín de cosas. A la vez es un espacio donde nos gusta acoger a los más allegados, un pedacito de nuestra casa donde compartimos la intimidad del quehacer diario y las relaciones más “familiares”.  Por eso siempre hemos tenido un corcho grande con lo que queríamos recordar; en él pinchábamos el valor del mes, las tareas y el horario de cada uno, los teléfonos fundamentales, el calendario, varias imágenes o dibujos y una oración muy nuestra dedicada al Sagrado Corazón. 

Este corcho lo íbamos actualizando y nos ha acompañado todo el tiempo que nuestros hijos eran pequeños, pero han ido creciendo y aunque algunos me dicen “no hagas cambios, nos gustan las cosas como estan”, me di cuenta que ya no lo miraban, había llegado el momento de renovar. Me fui a una tienda de decoración que conocía a buscar algo inspirador y, como es de suponer, era difícil encontrar algo que fuera desenfadado, atractivo, a poder ser que pegara con el papel de la cocina pero sobre todo profundo, que entroncara con los anhelos del corazón humano. 

En vuestras comunidades no sé dónde está ese espacio, ese lugar de encuentro. Tal vez coincida con el office, o se trate de la sala de estar/de recreación, la terraza acristalada, el patio interior…pero casi siempre hay un lugar, donde la televisión o el ordenador no son omnipresentes, y nos gusta compartir cierta intimidad, un lugar donde ni el silencio pesa ni la soledad hiere. 

Volviendo a lo que quiero recordar, a lo que quiero colgar de forma visible en “ese office” y en mi rincón interior para CONFRATERNIZAR con mis hermanos y con Dios, ¿qué frases nos inspiran y nos pueden ayudar? Claro, aquí no nos referimos a esas frases manipuladas por la publicidad para que deseemos lo que nos quieren vender, para que consumamos lo que está de moda y es un negocio, sino esas otras que nos llevan a los deseos naturales, los anhelos sembrados por Dios para alcanzar una vida de santidad, una vida plena.  

Me hizo gracia la primera vez que escuché “ todo lo que se desea o engorda o es pecado”, pero no es cierto, es verdad que no todo lo que deseamos es santo, pero tampoco todo deseo es pecado. y tampoco lo es el que los deseos no existen , esa actitud estoica de que lo que no sentimos no existe. Me gusta recordar que Dios nos quiere felices, saciar las aspiraciones más profundas. San Agustin decía que nuestros deseos naturales son la fuerza, la pasión de la santidad, y por el contrario, Mark Shea tiene una frase muy reveladora “Nunca se tiene bastante de lo que en realidad no se desea”.  

En muchas de vuestras casas me encuentro frases de vuestros fundadores grabadas, cosidas o recortadas y pegadas en un cuadro. ¿Las sigo viendo, hago una mirada profunda de ellas? ¿las aplico en mi vida y con mis hermanos/as?   

Hay un libro maravilloso que probablemente hayáis leído que se titula “Dioses rotos: Siete anhelos del corazón”, de Gregory K. Popcak. En él se explica cómo detrás de los pecados capitales están los deseos sembrados por Dios pero manipulados, desviados por el demonio.   

En nuestra convivencia que queremos fraterna nos puede ayudar el reflexionar sobre cómo gestionamos: 

● Nuestros sueños, las sanas ambiciones e ilusiones, sin caer en la soberbia o el egoísmo ¿cómo gestionamos el lícito deseo de “abundancia”?  

● Nuestra necesidad de una sana autoestima, deseo de ser estimado y valorado, sin caer en la envidia, en el deseo de ser valorado y estimado por encima de los demás;  ¿cómo gestionamos el deseo de “dignidad”? 

● Nuestro deseo natural de un orden justo sin caer en la ira, porque como decía San Ambrosio “nadie se cura a sí mismo hiriendo a los demás”;  ¿cómo gestionamos nuestro deseo de justicia? 

● Nuestra necesidad de una convivencia pacífica y de equilibrio interior sin caer en la indiferencia o en la pereza, ¿cómo gestionamos nuestro deseo de paz? 

● Nuestra necesidad de abandonarnos más allá del control, sin caer en la avaricia, en el deseo desordenado de posesión de cosas para acallar los miedos, ¿cómo gestionamos el deseo de confianza? 

● Nuestro instinto de supervivencia y de buscar la satisfacción en todas las facetas de la vida (física, psicológica, social, espiritual…) sin caer en la gula, en la autocomplacencia;  ¿cómo gestionamos nuestro deseo de bienestar? 

● Nuestra necesidad de sentir el afecto de los demás sin caer en la lujuria, en un deseo desordenado; ¿cómo gestionamos nuestro deseo de comunión?

Me parece que la mejor forma para no dejarnos engañar está en examinar cuáles son las verdaderas motivaciones que hay detrás de nuestros deseos; también puede ayudar el ejercitarnos para colmar esos deseos en clave de “nosotros”, no sólo en clave de “yo”. 

Si hubiese leído este libro antes de comprar el cuadro del office, hubiera tenido muy claras las palabras que buscaba. Seguro que habéis adivinado de qué virtudes tenemos que echar mano para tratarse con afecto y amistad propio de hermanos.