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En el artículo anterior abordamos la dimensión de la salud física. En este vamos a profundizar en la salud mental.       

La salud mental no es solo la ausencia de patologías de índole psiquiátrico, incluye nuestro bienestar emocional, psicológico y social. Afecta la forma en que pensamos, sentimos y actuamos cuando enfrentamos la vida. También ayuda a determinar cómo manejamos el estrés, nos relacionamos con los demás y tomamos decisiones.

La salud mental es la línea diametral que cruza todo nuestro ser y que lo mantiene en equilibrio. Cuando la salud mental está dañada todo el organismo se ve afectado claramente.

No es menos cierto que manifestar una buena salud mental también tiene que ver con cuidar y velar por las ideas, teorías, paradigmas, modos de interpretar la realidad muchas veces demasiado subjetivas, con mucha carga de pasión o de relativismo, incluso a veces fundamentalistas. Mantener un equilibrio en estos pensamientos y manifestaciones también ayuda a cuidar de esta salud.

Si queremos vivir una vida sana, necesitamos ponernos ante la verdad de nuestra vida y de nuestra alma. Y también debemos aceptarnos como seres vulnerables ante la enfermedad. Acoger nuestra fragilidad, para no caer en la neurosis.

Lo decisivo es lograr dar sentido a lo que ha sido nuestra vida, dice Fernández-Martos, incluso a lo que, en su momento no lo tuvo. Mi vida es única y, si la mirada sobre mi pasado tiene sentido, aunque no sea perfecto, podré vivir con la satisfacción de una vida bien empleada. 

Hay aspectos, fuera de los ya comentados, que ayudan a tener una buena salud mental. Mencionemos algunos:

  • Tener una actitud positiva.
  • Mantenerse en buena forma física.
  • Conectarse con los demás, no solo de dentro de nuestro círculo, sino también con círculos no tan cercanos a los nuestros que nos ayudan a tener una visión más respetuosa y abierta de la realidad.
  • Desarrollar un sentido de significado y propósito en la vida. Tener una misión en la vida, que ya mencionábamos en el capítulo introductorio.
  • Acoger el nuevo día como don. Despedirlo reconociendo el paso de Dios y agradeciendo.
  • Dormir lo suficiente.
  • Desarrollar habilidades para enfrentar problemas y situaciones complicadas.
  • Tener rutinas de oración y meditación sanas, no esclavizantes o justificativas (cuando buscamos en la oración autojustificarnos y que Dios nos diga lo que queremos escuchar).
  • Obtener ayuda profesional si lo necesitamos.

No queremos obviar, dentro de la salud mental, la ausencia de patologías de índole psiquiátrico. No descubrimos nada si decimos que todavía se trata de un tema tabú en muchas comunidades religiosas, y se denomina a un hermano/a enferma como “raro/a, u otros adjetivos calificativos, ninguno de ellos que diga lo que de verdad está sufriendo esta persona. Las enfermedades mentales son condiciones graves que pueden afectar la manera de pensar, su humor y su comportamiento y las dinámicas comunitarias. Pueden ser ocasionales o de larga duración. Pueden afectar su capacidad de relacionarse con los demás y funcionar cada día. Sin embargo, hay tratamientos disponibles y tenemos que acogernos a ellos, y llamarlos por su nombre, sin ocultismos ni fronteras, sin dejar un ápice de duda a que se trata de una enfermedad como el que puede sufrir con una artrosis, o por una lumbalgia aguda.        

Las personas con problemas de salud mental pueden mejorar, y muchas de ellas se recuperan por completo, no debemos olvidarlo y debemos poner remedio.

 

Recuerda que…

¡Si nos cuidamos mejorará nuestra calidad de vida!